Los raros II

Necesito huir de esta “post-verdad” que enmascara, con el beneplácito del Diccionario de Oxford, la gran farsa de una época en la que la mentira es el valor supremo. Pero no, no pienso hablar de nada de lo que se brama en los bares, en las comidas familiares y en los medios de desorientación. El gran topicazo lo preside todo y no quedan ganas ni fuerzas de aportar gran cosa al Libro Gordo del Cuñado Petete.

 

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Haikiñeta cedida por Amargore

Por eso me permito en mi vuelta al mundo bloguero una reivindicación de la autenticidad, la genialidad y la anormalidad, rasgos de personalidad que comparten, cada uno en cierto grado, prácticamente todas las personas con las que me relaciono a placer.

Tengo unos amigos muy raros. Ya me lo decía mi madre -que tampoco es muy normal, por lo cual me congratulo. Ninguno se salva. Con una lloro en los autobuses y en los bares cada vez que nos encontramos, por turnos, muy educadamente. Con otros tengo una relación epistolar, discontinua, pero muy sentida. Con algunos me encuentro cada quince días y entonces nos dan las 4, las 5 y las 6, entre conversaciones imposibles, tequilas y alardes de mortalidad. A otros los voy a visitar a distintos lugares del mundo donde me esperan como si me hubieran visto ayer para alimentarme con delicias del huerto en Rotterdam o papayas con turrón en Colva.

Incluso cuando creo aparentar normalidad, ahora más que nunca, no parece que engañe a nadie. Lo nuestro es como un tic que nos delata en cuanto se nos observa tres segundos seguidos. Será la mirada de locos, el ansia o la excesiva calma del gesto, esos comentarios que hieren o adulan o no importan a nadie, ese ser insufrible y adorable al mismo tiempo (y no digo que yo lo sea, ni lo uno, ni lo otro, ojo), ese deseo imposible de caer bien, o de caer mal, de necesitar ser odiado o querido, el despropósito y el descontrol, la falta de lógica que conecta a los que repelemos la normalidad por naturaleza. El estruendo, la falta de disimulo, la habilidad del avestruz para desaparecer cuando las cosas no van bien, la capacidad de quedarse en sujetador en el césped de la facultad cada vez que salía el sol o de ir con el anorak puesto incluso a riesgo de coger el sarampión en plena primavera, la excesiva falta de realismo en las expectativas, la incapacidad comercial, la habilidad inaudita de triunfar por derecho propio sin tener ni la más mínima idea de dónde se mete uno, la metedura de pata por sistema, no por maldad sino por sobredosis de estímulos, entusiasmo mal digerido o simple e innata torpeza…

Seguimos siendo grunges en un mundo de hipsters, gimnasios y centros de estética. Los pelos de Tamariz, la barba de Papá Noel (no solo por su longitud sino por la blanca nieve que de ella se desprende al mesarla), la falta de maquillaje, el rechazo al Lady Grecian, las uñas mordidas hasta el muñón (igual que se mascan los torreznos, con puro hedonismo) el renacimiento de las tripas en paralelo al universo sano, a la tiranía del vientre plano, a la sagrada comida orgánica… Todas estas muestras de aparente descuido, de presunta toxicidad según los cánones que establecen como prescriptivo el alejamiento de cualquier cosa que te resulte incómoda, comienzan a parecerme manifestaciones de auto afirmación, de regodeo en el libre albedrío, que considero imprescindibles para no sentirme oveja.

Por todo ello… va por vosotros, amigos, y también para todos aquellos que se hayan visto reconocidos. Merci por ser así…

 

 

 

Work in progress

A una semana de que empiece oficialmente el verano, ya han empezado las obras. En el rellano de mi casa hay dos, y una de ellas es en mi casa. Según uno sale del ascensor, toca esquivar sacos de arena apilados sobre el felpudo de “Benvinguts” y, bajo la cámara de seguridad de palo que se puso mi vecino madero para disuadir a los malhechores, se amontonan los sacos de escombros.

En estos momentos escribo rodeada de operarios: un fontanero y su ayudante, y un padre y un hijo albañiles de los de toda la vida. Esta mañana, además, se han apuntado a la fiesta el conserje y la clásica vecina tocapelotas de manual. Cuando he oído el timbre histérico de la puerta me he puesto a contar obreros (todos en mi ángulo de visión en ese momento) y he comprobado que no faltaba ninguno. A pesar de ello, y dado el tono imperioso de la llamada, me he dirigido a la puerta y, según la he abierto, una señora completamente fuera de sus casillas se ha abalanzado hasta la cocina, a dos metros de la puerta, no os creáis, haciendo caso omiso de los gestos del portero que pugnaba, haciendo inútiles gestos, por hacer las presentaciones pertinentes y plantear el problema con rigor.

FullSizeRender (1)El caso es que para asombro de los allí presentes, la señora ha empezado a farfullar sin mucho tino cosas como las siguientes: “Vamos a ver… Yo quiero, NECESITO ver lo que están haciendo aquí. Soy la vecina. La de al lado. El bloque de detrás…Se me ha caído… Vengo porque por los golpes se me ha caído… ¡A ver qué están haciendo!”

En realidad, el asombro era sólo mío, aquí cada cual seguía a sus cosas, que si las rozas, que si enfundo la tubería, que si me pongo con el pegamento… Entretanto la señora de pelo casquete y plateado, con una mochila como de niño de preescolar (por el tamaño y el estampado) balanceándose en función de sus manoteos, continuaba con su incomprensible perorata y yo ya veía que la reforma del baño de mi casa acababa de provocar el derrumbe del salón de esa mujer tan desquiciada: “Tengo que ver lo que están haciendo ¡A ver!” Abriéndose paso entre los sacos de tierra y los azulejos, la señora pierde fuelle, definitivamente, al ver que los operarios, sumidos en el bote sifónico, ni se inmutan con sus alaridos. Una vez conseguido su objetivo de “ver” lo que se estaba haciendo (no sé si esperaba encontrar un burdel, un baño turco o a la mafia albano-kosovar aquí reunida), confiesa por fin el motivo de su visita: “A ver, es que con los golpes se me han caído los esmaltes de la estantería y es que, es que…No puede ser” ¡Acabáramos! El del bote sifónico levanta una ceja pero no cambia su postura un ápice y mientras oigo un relincho que ni sé de dónde viene, yo me atrevo a decirle: “Pues cambie los esmaltes de sitio”. Por un momento el silencio. Y luego: “Ahora no puede ser, yo es que me voy ahora, ¿sabe usted?, que me tengo que ir…hala, adiós”. El portero se toca el ala de la gorra con cara circunspecta y se retiran los dos al ascensor. La puerta se cierra y aquí nos quedamos, sumidos en una nube de polvo con efluvios de pegamento industrial, unos pobres desgraciados empeñados en reformar el porvenir. A pesar del ruido de fondo. “¿Le pongo una “fenefita” a los azulejos para darle amplitud, oiga?” Lo que sea menester, oiga usted…

Regala Casas Bajas

Domingo por la mañana. Empieza a hacer frío pero no demasiado. Es uno de esos días de cielo azul, nubes blancas y viento en Tetuán de las Victorias. En el barrio, constreñido entre las construcciones fálicas de Plaza de Castilla y las carreteras de circunvalación de la capital, no se pueden construir más de cuatro pisos. Se pretende mantener, por ordenanza municipal, un pasado arquitectónico que para algunos lugareños todavía forma parte del paisaje diario. Dejándose caer desde el barrio de la Almenara a la Ventilla, bajando y subiendo por ese sinsentido de calles muy alejadas de la ciudad lineal de los urbanistas del siglo XIX, nos encontramos con las casas bajas.

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Casas con patio trasero y jardín delantero preservado por verjas de forja, cubiertas de teja o uralita, casas de gruesos muros o con paredes de plancha metálica, casas encaladas o con fachadas de ladrillo visto, casas de un solo piso y algún chalecito con torreta, tocado pero no hundido, entre las chabolas y las chumberas según vamos llegando al Paseo de la Dirección. En muchas de las ventanas cuelgan pancartas en contra de la expropiación anunciada desde hace años por el Ayuntamiento. Sobre el barrio pesan intereses inmobiliarios que probablemente terminen por despojarlo de una de las últimas particularidades que le quedan.

A diferencia de los mamotréticos bloques de casas construidas en la Avenida de Asturias en los años 90, cuando empezó el proceso de cambio en la zona (que por entonces aún no conocíamos como gentrificación), las casas bajas del barrio de Ventilla-Tetuán cuentan una, si no varias, historias. Y sólo los especuladores sin entrañas son incapaces de oírlas. Sabemos que este barrio va a cambiar, que ya está cambiando, y aunque el escepticismo no nos permite ser muy optimistas al respecto de su futuro, la nostalgia de ese paseo y algunas fotos nos decidieron más tarde a reproducir el encanto de esas casas bajas de una manera perdurable.

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De aquí surgen estas láminas, impresas en un papel especial, y donde las casas bajas aparecen aisladas, sugiriendo el entorno de espacios abiertos y caminos-calle sin asfaltar en el que en su origen debieron estar. Cuando los edificios de cuatro pisos no le quitaban la luz al patio.

Si os apetece saber más del proyecto o regalar algo original, no dudéis en pasar por aquí: http://amargore.com/casas-bajas/casas-bajas.php

 

 

 

Semblanzas: El estanquero farlopero (Tetuán de las Victorias)

 

Al poco de mudarme a este barrio, descubrí alborozada como no sólo tenía acceso a galerías de alimentación (véase mercados), rastrillo de domingos, ferreterías y demás tiendas de barrio sino también a dos estancos a tiro de piedra de mi hogar. Por cercanía, siempre elijo el del estanquero farlopero.

Las primeras veces no podía dejar de sentirme incómoda; solía verlo desquiciado, dando voces y soltando chascarrillos a todos sus clientes sin importarle si estos eran conocidos o no. A los primeros ya no les sorprendían los exabruptos de Rafi (nombre ficticio, claro), incluso a veces parecían mostrar cierta empática condescendencia. Los novatos, como yo, a veces decidían no volver más y, otras, repetir para comprobar si ese era o no un fenómeno aislado.

Lo cierto es que no siempre está tan eufórico, por supuesto también sufre unas terribles bajonas que lo dejan cabizbajo en el mostrador, sentado al lado de su pobre madre, la bondad personificada, que siempre aparece en esos momentos. Me temo que la pobre señora se hizo con el estanco para poder asegurarle un futuro a su hijo… Lo cierto es que últimamente está más tranquilo, pero las salidas de mi estanquero son completamente imprevisibles.

Un día del pasado verano salí a comprar tabaco cuando la calorina era más insufrible, a las cinco y poco de la tarde. Cuando abrí la puerta del estanco me recibió un olor a choto en descomposición absolutamente insoportable. Un grupo de seis rumanos gitanos, uno con pinta de patriarca, con bastón y traje de andrajos negros, otros dos con inequívoco aspecto de matón, y tres mujeres, dos de ellas preñadas, con cara de pocos amigos. Desconcertada y ahogada, me abrí paso entre el bizarro grupo. Rafi parecía sobrio, tenso, y comenzó a darme conversación mientras los gitanos no le quitaban ojo. Uno de ellos blandía un puñado de billetes a mi lado mientras el estanquero retrasaba con su charla, para mi desgracia, mi salida de ese lugar hediondo. Entendí entonces que el grupo esperaba un pago y que Rafi trataba de impedir quedarse a solas con la extraña familia. Cuando salí, me quedé un rato en la acera de enfrente, preocupada por lo que pudiera pasar, pero al pronto comprendí que el estanquero farlopero no era nuevo en esas lides y que, si hubiera necesitado algo, me lo hubiera hecho saber. Su mirada cómplice al despedirme fue una especie de gesto tranquilizador del que ni siquiera sé si fue consciente. Ya antes lo había visto relacionarse con gente de sospechosa apariencia y nombre carcelario tipo “El Portugués” o “El Facas”, pero nunca había percibido tan alto grado de sordidez y de tensión como el día en que los amigos de Kusturica decidieron visitar los alrededores de Plaza de Castilla.

Otras veces lo he encontrado magullado, con el brazo o la pierna escayolados, berreando en la puerta del estanco por el móvil cosas como: “Eres mi exmujer y ahora mismo quiero que vengas a chupármela”… Mi madre prefiere ir al otro estanco, claro, y eso que una vez el amigo la recibió cantando el himno de la abeja Maya…. No todo el mundo aprecia el arte del estanquero, no es para todos los públicos, desde luego, pero a mí me fía y me regala tabaco de liar para que lo pruebe y le diga mi opinión. Mi imán para los locos funciona como el primer día y, a pesar de que alguna vez suelta algún exabrupto a alguno de sus clientes, por lo general es igual de simpático con todos ellos. Todos lo conocen en el barrio y en algunos bares, claro, no lo dejan entrar.

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Rafi se encierra en el estanco con amigos mucho más jóvenes que él y con su perra, un mastín descomunal que tiene toda la entrada al estanco sembrada de descomunales truños. A diferencia de su dueño, Maya, que así se llama, es el epítome de la paz y mira con sus comprensivos ojos de perro pachón los desvariados movimientos de su amo.

“¡¡¡¡Hola muy buenos díaaaaaaaaas!!!!!”, me espeta con voz de locutor radiofónico esta mañana mientras se abalanza sobre los estantes para darme lo mío antes de yo pedirlo. “Son twelve con sesenty”, yo me río y mientras espero el cambio él canturrea atusándose la melena de un lado a otro. El otro cliente que espera a mi lado pregunta: “¿Qué has desayunado?”, y el estanquero con voz de vuvuzela, como si fuera el estribillo de un hitazo maquinero de los 90, responde: “Migaaaaaaaaaaaaas”. No hay más preguntas, recojo los diez céntimos y mi cargamento de vicio y al despedirme me acompañan sus buenos deseos: “Pásatelo muy bien el finde, guapaaaaaaaa”.

Volver

Niebla que nos rodea casi por completo, extraños bultos que caminan por las carreteras envueltos en mantas y con bufandas anudadas alrededor de la cabeza, perros que se abalanzan rabiosos sobre el taxi mientras los ladridos y los graznidos de los cuervos se mezclan: Estoy en Delhi, he vuelto y todo es igual.

Poco antes de volver a la India me salió una entrevista sobre mi traducción de Ruskin Bond para Billar de Letras (adjunto link aquí: http://billardeletras.com/entrevistas-literarias/traduciendo-ruskin-bond-entrevista-maria-lopez-gonzalez) y, después de cuatro años volví a tener el regustillo de esa vida bohemia y siempre inesperada que era mi día a día antes de reincorporarme a mi rutina actual (de nueve a cinco más atascos y trabajo en casa) que es la que desde pequeña me estaba asignada

A pesar de los Juegos de la Commonwealth de 2010, que dejaron la ciudad como un campo de minas en los meses previos a su celebración debido a la construcción de carreteras, puentes y estadios no pensados para perdurar en el imperioso clima deliniano, la ciudad sigue siendo un infierno de tráfico, pobreza y caos. Proliferan también los concesionarios de lujo, nuevos centros comerciales, más coches, pero en las vallas y en el mobiliario urbano sigue habiendo saris tendidos y mantas colgadas al sol. Lo de siempre no ha cambiado nada y esos niños que me estampan revistas de moda en la ventana del taxi ya estaban allí hace casi cinco años. Allí me siento extraña entre tanta gente parecida, aquí soy una más y me diluyo para verlo todo desde la barrera, para observar detalles y gestos que me devuelven en muchos aspectos a otro nivel de civilización.

Delhi cumple por una vez con todas mis expectativas. Los rickshaw wallas y taxistas parecen haberse confabulado para quitarme la razón y, lejos de timarme, cumplen con creces su trabajo llegando incluso a excederse en sus funciones, ofreciéndome su teléfono para llamar a mis amigos o parando en mitad de trayecto para comprarme unas cerillas.
Todavía soy capaz de mantener una conversación básica en hindi, sigo aún sintiendo que llego a casa cuando llego a Delhi; me sorprende que haya pasado tanto tiempo y que no haya sucedido ninguna catástrofe que me haya impedido disfrutar por completo, sacándole todo el aire al globo, a borbotones, a un tiempo en el que apenas he dormido y en el que, curiosamente, he tenido tiempo para agradecer a mi destino, tantas veces maldecido, una y otra vez los amigos que tengo, la suerte que tengo de haber vivido lo que he vivido, de tener casi dos ciudades,dos países y uno de ellos que no se acaba nunca. La sensación de familiaridad con el entorno que ya casi no sentía ni en Madrid, la tranquilidad y la desesperación de sentir que ese monstruo contaminado y feroz fue y todavía es mi casa.
En este descomunal país todavía viven varios amigos míos. Es brutal y enternecedor ver cómo avanza la vida sin ti, cómo amontona el viento las hojas en cada rincón de esta ciudad de colonias inconexas. Esa ha sido la mejor parte del viaje, descubrir cómo la normalidad se diluye y la lenta decadencia de las generaciones y las familias en España se transforma aquí en una eterna adolescencia adictiva, dura y muy adictiva. El subidón de sobrevivir en un entorno a veces tan hostil tiene su contrapartida en lo espinoso del día a día. Desde que te levantas hasta que te acuestas la vida es un desafío, mucho más todavía si eres una mujer y vives sola: desplazarte, en moto, bici o rickshaw como hacen muchas de mis amigas para ir a trabajar es la primera de esas ordalías diarias. Te juegas la vida y ni siquiera tienes conciencia de ello; adoptas el modo indio de sumisión al destino que te otorga una tranquilidad inconcebible para los occidentales más recalcitrantes. Conseguir cualquier cosa, electricidad, internet, unas fotocopias en el trabajo, es un triunfo que tarda en llegar lo que requiere la burocracia india, toda una prueba de resistencia pasiva. La descomunal contaminación, los atascos y las enormes distancias, los cortes de luz, la nula presión del agua, cuando llega… Nada puede darse por sentado en esta ciudad y, quizás por eso se agradece infinitamente el sol, las tumbas mogolas que surgen de entre la niebla y las tinieblas de la noche deliniana, las palmeras difuminadas de Lodhi Gardens, todo lo que se ve, a cámara ultra rápida, en mis desplazamientos por la ciudad.

Copia de DSC02324Desde el momento en el que hice el transbordo en Doha para embarcar hacia Delhi sentí esa sensación de libertad salvaje que me desvincula por completo de constricciones sociales o familiares, que me desconecta por completo con mi pasado y que remonta mi biografía no más allá de 2005, el año en que llegué por primera vez a Delhi, antes de que absolutamente todo cambiara por completo, para siempre, dando a la vez sentido a muchas de mis intuiciones más absurdas.

Las vacas me seguían esperando en las playas del sur de Goa, nuevos libros, de autores que tristemente apenas se conocen aquí y que merecen otra entrada aparte, aguardaban para ser devorados, todavía recuerdo cómo se conduce una scooter y canto a voz en grito a Franco Battiato mientras me olvido de insultar a los que me adelantan sin avisar; todavía, allí, la vida parece lo que es en realidad.

Ana María Matute o la niña más sabia del mundo

Lo de siempre. La gente se muere, antes o más tarde, los mejores y los peores, las víctimas y los verdugos: sic transit gloria mundi. Pero hoy se ha muerto Ana María Matute. De nuevo el teléfono móvil ha sido el medio por el que he recibido la noticia. Un mensaje, un whatsapp y una llamada me han comunicado en los últimos años la muerte de un amigo, la de la escritora y la de mi abuelo. Las tres he reaccionado de la misma manera, neciamente, pronunciado esa palabra de dos letras, esa sílaba mágica que casi todos aprendemos a decir antes incluso de proferir el sustantivo creador “mamá”. NO.

Con angustia he repetido ese adverbio un par de veces, mientras salía del curro un momento para fumarme un cigarro. Algo en el pecho se ma ha encogido de inmediato. Nunca he visto a la maestra de cerca más que en la Feria del Libro, desde la prudente distancia que guardo con la gente a la que de verdad admiro (he de reconocer que esto no me pasa mucho), hace ya algunos años. Sin embargo desde la primera vez que leí Primera Memoria, ejemplar que creo haber comprado durante algún agosto mis 11 y mis 13 años, en una librería de Mahón, siento que la conozco desde siempre.

 Yo era una lectora voraz y empleé todas las noches de mi adolescencia, no recuerdo excepción,  aprovechando mis insomnios para deglutir todos los libros que me salían al paso y escuchar en el walkman canciones, que ahora me dan grima, una y otra vez. A los quince me había leído prácticamente todos los que había en mi casa, que no eran pocos, indiscriminadamente, incluidos los de la estantería de arriba, donde se habían colocado estratégicamente un par de novelas de La Sonrisa Vertical. Sólo algunos de estos libros han sobrevivido a mi historia y a ellos he vuelto con saña una y otra vez, siempre que lo he necesitado. Eso me pasa con los libros de Ana María Matute. A veces los necesito.

En sus novelas la verdad no es bella pero sí necesaria; la forma es pura y no encubre, sino que muestra sutilmente a sus personajes, como si fuera pura corriente, que te atraviesa y que te hace daño. Matia, los niños viejos de sus cuentos, el chueta Manuel, la reina Ardid, el adolescente de Pequeño Teatro (obra tan simbólica y poderosa como el título sugiere) duelen porque son de verdad, sin concesiones. Todos acusados de locos y tullidos de una manera u otra. Todos estamos heridos. No hay más explicación que esa y por eso, la crítica feroz, la ironía, sólo aparece espoleada por la injusticia y la falsedad de unos pocos personajes que se han plegado al encorsetamiento establecido para poder “funcionar” en sociedad, sea esta real o fantástica.

Cuando terminé esta novela no sabía nada ni de la autora, ni del contexto en el que fue escrita, ni de que había ganado el Premio Nadal en 1959, pero comprendí con el corazón encogido, igual que esta mañana cuando me he enterado de su muerte, que ese era el tipo de cosas que yo quería contar, la manera en la que yo, algún día, quería mostrar las oscuras realidades que nos rodean y condicionan, sin maniqueísmos ni dobles caras, muy alejada del simplismo y el sentimentalismo fácil que impregna, destrozándolas, algunas de las obras más renombradas de la literatura española. Esa mujer de apariencia tan frágil en los últimos años, a la que presentan en los medios como un hada buena, como una señora entrañable e inofensiva, fue para mí una misteriosa revelación, ambigua e inexorable, que me catapultó sin remedio a la rebeldía, el inconformismo y la curiosidad. Y hacia Ana María Matute. Una y otra vez. Gracias.

ana maría matute

La vocacción

No sé por dónde empezar: mil y un temas se agolpan en mi mente disputándose el primer puesto para salir a la luz. Cuando vuelvo de trabajar, en mis largos trayectos en coche, entre lunas tintadas y coches tuneados que me adelantan a 320 km/h (no soy buena: siempre les deseo en voz alta la muerte que tanto andan buscando), procuro olvidarme un rato de cómo conseguir que unos adolescentes totalmente enloquecidos se interesen por la literatura. Suele ser difícil, tardo un par de horas en desconectar de estas personillas que absorben mi tiempo y mis energías mucho más de lo que lo haría cualquier problema, mal de amores o sucedáneo.

Nunca quise ser profesora: yo quería editar libros, escribir, trabajar en un periódico… Ahora entiendo que la vocación es un concepto difuso y sobrevalorado. No sé si nunca lo tuve muy claro; lo que sí que no quería era convertirme en profesora de secundaria. Adolescente desprecio a la autoridad, supongo. Un mal que todavía padezco. Supongo que era consciente del enorme esfuerzo que eso suponía y, sobre todo, temía lo terribles que los adolescentes podíamos llegar a ser. La cuestión es que, hasta que no me fui de lectorado a la India no descubrí realmente que ser profesora, en general, era lo que más me gustaba. Al volver a España me emperré, en cualquier caso, en buscar algo en el sector editorial: ardua y frustrante tarea que me dejó con la autoestima tan baja que peor no me hubiera ido en el Burger King.

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Volví a la enseñanza y finalmente asumí que trabajar con gente (aunque esta se componga de terroristas en potencia, llámalos diamantes en bruto si eres cursi o pedagogo, genios que aún no se han descubierto como tales, y animalillos llenos de fuerza, inteligencia prístina y curiosidad) era mucho más estimulante que enfrentarme a tediosas jornadas en naves industriales de algún polígono, al servicio de caciques vestidos como los hombres de Harrelson y con mucha menos cultura que sus empleados.

Entrar cada día en clase y descubrir cómo mis niños han ido perfeccionando sus antiguas destrezas es algo maravilloso: se interrumpen a voces, se dan collejas por sistema, mandan al carajo al profesor de matemáticas, me desquician cuando pretenden hacer fuego frotando un boli bic mientras yo me desgañito para explicarles los diptongos… Algunos incluso han desarrollado nuevas estrategias cognitivas, tales como emitir jadeos y gemidos tipo peli porno de tercera a la menor ocasión. No se puede decir “pollo”, ni tampoco “salchicha”, ni muchísimo menos “pepino” (las versiones en inglés también están censuradas). La palabra “follaje” provoca estertores y, a veces, cuando entro en clase, descubro a dos adolescentes machos montándose encabritados mientras el resto se tira cosas, bucea entre papeles o descansa repantingado en su silla con un dedo bien sumergido en la nariz. La diversión nunca termina, pero cuando consigues que te presten atención, cuando uno te trae un cuento que ha escrito en casa, el otro te pide que le cuentes de nuevo la historia del “Dorian Gray ese” y el más repantingado de toda la clase recuerda lo que quiere decir “parodia”, la sonrisa que se me dibuja en la jeta es descomunal.

Solo la experiencia puede mostrarte cuál es el camino a seguir: nadie puede aconsejarte ni prevenirte. Muchas veces escogemos, a sabiendas, opciones  incorrectas pero que, vistas con perspectiva, reconocemos como necesarias. De hecho, son estas las decisiones que realmente contribuyen a formar nuestra personalidad y decidir, para bien o para mal, nuestro futuro.

Es difícil, pero es, sin duda, la única tarea que hoy puedo desempeñar sin sentir que se me revuelven las tripas. Es también triste saber que se podía hacer mucho más, que hay un montón de buenos profesores intentando entrar en un sistema que ni les paga como debiera, ni les respeta. Y que tampoco respeta a sus alumnos. Muy triste es también no tener los medios, ni muchas veces el apoyo, para poder llevar a cabo una de las profesiones más importantes para el desarrollo de una sociedad justa, culta y sana.

PD- Hoy hemos repetido cinco veces, en voz alta, la palabra “sinalefa”. Esperemos que mañana lo tengan más asumido…

Escoger lo difícil

Acabo de ver un documental sobre Gloria Fuertes (http://bit.ly/1oqhWQw) que, verdaderamente, me ha venido de perlas, al pelo, cojonudamente. “Eñe de mierda o eñe de niño, que somos todos”, uno tras otro, sus versos, sobre todo sus versos más de verdad, los de mujer, no los de niños, han ido quitándole grisura al día. Mierda y niños, dos cosas que a lo largo del día han ocupado mis pensamientos. Aclaro que no padezco ningún tipo de trastorno intestinal, ni por exceso, ni por defecto; por el momento sólo la tos del fumador, de la que me hago enteramente responsable, me aflige. Su capacidad para conseguir que se me curve en la cara una sonrisa dudosa, en un día tan escatológico y juvenil, me resulta apabullante; no puedo comprender cómo, aunque escribió “Nací para poeta o para muerto,/escogí lo difícil”, los versos de la postista, tan valientes, tan puros, han podido caer en el olvido.

Como casi siempre que uno es distinto en este país de eñe, Gloria Fuertes ha sido convenientemente encorsetada y etiquetada, en este caso como autora de libros infantiles, a pesar de ser una de las poetas más excelentes que dio este país en los machacones años de la larguísima posguerra española. Extraña en el vestir, revestida de su propia coherencia, resulta todavía una figura estomagante para algunos que sólo recuerdan la parodia de Millán en algún programa de fin de año, allá a finales de los 80 (adjunto link, que no se diga: http://bit.ly/1g1SevC ). Sin embargo su aspecto y su mirada transmiten la tranquilidad de quien sólo se debe cuentas a sí mismo.

ImagenHacía tiempo que no me acordaba de ella, a pesar de que, en mis años de carrera, suyo fue el único poema que se me ocurrió escribir sobre el muro con el que tapiaron la cafetería de nuestra facultad, ¡oh día aciago!. Era uno de sus geniales”Autobios”:

Yo de adolescente era muy rara.

Cuando hacía la mayonesa con el periodo

se me cortaba,

la mayonesa, no la regla

No es de los mejores, lo reconozco, pero tiene esa esencia brutal, esa pureza de las cosas que se manifiestan a lo bestia; abierta en canal, sincera y sola como ella sola, la poeta recurre al humor, que no a la sátira, para no quebrarse en un mundo que ni la entendía ni podía entenderla. Escoger lo difícil, ¿quién dijo que fuera fácil?

Tetas fuera

No tengo ningún problema con enseñar o que me enseñen las mamellas si es que el gesto procede, pero tampoco comprendo que se siga usando como reclamo publicitario para reivindicar cualquier cosa. Sabemos que donde hay tetas, hay titular (que se lo digan a la Estrada…), no hace falta que se defienda una causa justa para ello.

Enrique_Tierno_Galvan_Susana_Estrada

Empezando por ahí, nunca he entendido la política de Femen. Creo que si lo que se pretende es escandalizar, se podía enseñar el ojete, por ejemplo, que además es asexuado, en principio. Las tetas no son ni provocación, ni novedad: son puro márketing sexista. Usar las armas del enemigo tampoco me parece redentor en ningún sentido. Creo que hay muchas asociaciones que luchan por los derechos de la mujer musulmana y, muy probablemente, de ninguna sepamos el nombre. En este sentido, recomiendo vivamente la lectura de este artículo, http://thefeministwire.com/2013/06/those-poor-muslim-women/,  escrito por un periodista afgano, en el que se trata, de forma clarividente y lúcida, de cómo nuestra visión de esas “pobre mujeres musulmanas” nos impide ver más allá de los símbolos, mientras que hay otras asociaciones, como la Tunisia Democratic Women Association (ATFD), que llevan años, muchos antes de Amina, luchando en la sombra. A los occidentales nos  pirra compadecernos de la desgracia de países que consideramos más degradados en cuanto a derechos que el nuestro. El victimismo y la caridad también son muy mediáticos, y parece que no interesa ver las cosas en su contexto: mejor sacar nuestro doble rasero, el que tenemos para juzgar las desgracias de lo que creemos que es el Tercer Mundo, y sentirnos reconciliados con nuestra democracia de escaparate (bajo la alfombra, en esos momentos, ni miramos, claro) en la que nadie es castigado por enseñar los pechos. En breve se olvidará esta preocupación nuestra con las mujeres musulmanas, igual que se olvida el hambre o la venta de armas en los países africanos, lo mismo que se desvanecen las noticias de las guerras en curso. Qué hipocresía tan atroz nos gobierna en esta era de la información…

foto prospera

Aquí es donde nos encontramos con la pescadilla que se muerde la cola: si no enseñas las tetas, no sales en los medios, de modo que, poniéndonos el reclamo publicitario como sostén y pasándonos el feminismo por el arco de Tito, nos dirigimos a una Embajada a exigir nuestros derechos y posar ante las cámaras. Siento mucho tener que decir que esto me parece pueril y retrógrado: como ya nos demostró Pussy Riot, no hace falta destetarse para salir en todos los medios de comunicación pero, como ellas no lo hicieron, siguen pudriéndose en la cárcel mientras un par de rockeros ilustres de vez en cuando se acuerdan de pedir su excarcelación. No queda bien ponerse como foto de perfil en facebook o twitter a tres tipas con una media en la cabeza, pero la de Amina, en cambio, queda francamente chic. Si además facebook nos prohíbe mostrar estas fotos, ya tenemos motivo para crear una plataforma en Change.org y dedicar nuestros esfuerzos a algo que merezca la pena. Abandonar la plataforma social ni se plantea, claro, pero…¿y las ganas de vivir que dan estas cositas?

La Constantinopla Oriental: Lucknow

La India es un país fascinante pero también bastante desconocido más allá del llamado Triángulo de Oro que ofrecen la mayoría de las agencias de viajes. Aparte de Delhi, Agra y Jaipur o Benarés, ciudades con indiscutible atractivo turístico e histórico, el norte de la India está plagado de lugares interesantes, relativamente inmunes a la masificación de viajeros tan común en Goa o Rishikesh, y con diversos encantos que desvelar a los aguerridos viajeros que osen salirse de la ruta tradicional. En realidad, el riesgo es casi nulo, y, en cambio, el partido que se le puede sacar a estos viajes “por libre”, infinitamente superior. Solo hay que saber renunciar al sentido del tiempo y, un poco, al del espacio, para poder desprenderse de condicionantes y presiones, y ser capaces de viajar al ritmo que imponen las líneas ferroviarias indias.

Estación de Lucknow

Estación de Lucknow

La historia de la India en los últimos siglos, el largo imperio de los mogoles así como el periodo del Raj Británico, se ha centrado en el Norte del país. Lucknow, capital artística y cultural durante los siglos XVIII y XIX, mantiene todavía todos los encantos de su pasada gloria y está muy bien comunicada, tanto por tren como por avión, con Nueva Delhi. Conocida como “La Ciudad de los Nawabs ” o “La Constantinopla Oriental”, Lucknow jugó también un papel importante durante la rebelión que, en 1857, tuvo lugar contra los ingleses. Por otro lado, durante siglos la ciudad gozó de gran reputación por la fama de sus escritores y por el refinamiento de su sociedad. “El mejor hindi se habla en Lucknow”, dirán todavía hoy algunos de sus orgullosos habitantes. Sin embargo, los poetas ya no pasean por los patios de sus palacios, ni los sabios rondan sus jardines. Los monumentos históricos de Lucknow conservan cierto carácter fantasmal, como tantos otros lugares en India, pero sus moradores se cuentan entre los más afables y educados de toda la India.

 

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