Los raros

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Nunca me ha interesado ni lo más mínimo la gente normal. Desde que era muy pequeña me he sentido siempre atraída por los raros, por los marginados, por los especialitos, por los que, en general, tenían una mirada que mostraba una distinta interpretación a la que la tan manida normalidad nos acostumbraba. Por ejemplo, me suelen producir curiosidad las personas que no se arreglan excesivamente para salir, los que llevan algún tipo de detalle que desentona, un gorro, un pañuelo florido asomando por algún bolsillo, un pantalón descosido, unos pelos fuera de sitio. Ojo, los modernitos no me gustan nada, me refiero a los que salen de casa pensando que van divinos aunque sean esperpentos, a aquellos que tienen la suficiente personalidad como para no copiar estilismos y recuperar unos pantalones de chúndal de BUP sin que esto sea óbice para reírse de sí mismos si la situación lo requiere. Me gusta la sensación de sentirme incómoda; que nos miren en los bares y en el transporte público con desaprobación ante un tufo de colonia infumable o un tono de naranja demasiado desasosegante me produce cierta sensación de orgullo difícil de explicar. También suelo preferir, salvo contadas excepciones, a la gente un poco desagradable. El buenrollismo inicial siempre me provoca desconfianza y hastío, mientras que, lo tengo comprobado, la mala leche esconde cándidas almas que se rebelan contra la opresiva normalidad vigente. Un cínico es un ser que ha sido aporreado sin piedad por la realidad circundante, alguien que se ha visto obligado a renunciar a su fe en el ser humano pero que, desesperada e inútilmente, desea volver a creer.

Me encanta la gente que discute a gritos, al borde de las manos, entre tragos de cerveza, las personas que son capaces de hablar de lo feo que se les está poniendo el uñero en el ascensor de la facultad, tras saludar a tres profesores de nuestra carrera que observan con pavor como mi amigo amaga con quitarse el calcetín y enseñarnos el cristo de sangre y pus de su dedo gordo, las poetas-toreras, los cojitos mala uva incapaces de controlar su ira independientemente de quién esté delante, las que se despeinan en los cruceros, los que a la pregunta “¿dónde son las charlas del Dalai Lama?” responden con un tajante “lo siento señora, es que no somos muy fans del Dalai”, las señoras mayores que dicen lo que piensan con la mayor de las tranquilidades, los abuelos que se sacan la navaja en los bares para cortarse el tomate que acaban de traerse del pueblo, los mormones comunistas, los tibetanos sin tierra, los tímidos incurables que dejan fluir su salvajismo después de treinta cañas en El chamizo, los frikis de mi barrio y el Buchi, un señor que se parece a las estatuas del Buda Feliz con un bigote a lo Dalí, capaz de controlar a los supervivientes de la Ventilla mientras dispensa cañas a los parroquianos habituales entre los que se encuentran El Menin (así llamado porque tuvo de niño la meningitis y al que, a pesar de sus muletas, nunca puedo dejar de preguntarle cuando me lo encuentro: ¿Cómo andas?), Astérix, segurata nocturno, y el guarnicionero (al diccionario) del barrio, las que son capaces de currar en un bufete de abogados, actuar en Embajadores y vivir en Mordor, las tipas de dos metros que se ponen tacones de treinta centímetros para hacer juego con mi metro y medio (vernos en los bares es un espectáculo), los que huyen y no se encuentran, en definitiva, aunque jamás cejen en el intento…

El otro día mi abuela me preguntaba, “¿es que no tienes ni un solo amigo normal?”, y, claro, antes de que pudiera contestar ella misma concluyó, “aunque bueno, tú normal normal tampoco eres”, entre risillas de niña pequeña, a sus ochenta y tres anormales años.

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3 pensamientos en “Los raros

  1. Hola, Prospe! Mira que no hacer una mísera alusión a las que le imitan el peinado a Juan Tamariz! Ya te vale! y no firmo, porque ya sabes quién soy 😉

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  2. Pingback: Los raros II | Próspera y los elefantes

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