La santa cruz

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La casa y el cuerpo fríos, fuera la siesta de La Mancha, el calor y la muerte de los perros. No corre el aire. No corre la sangre. No corre la vida. Reincido, me empecino, retorcida y redundante. Retuerzo almas como si fueran muelles. Se rompen, se estiran y saltan.

Dorado real sobre morado de pasión santa, flecos, resabios de muertos o de los que no supieron, no pudieron llegar a ser, fatum as time goes by…

Tras los muros blancos, de medio metro de grosor, interiores decadentes, décadas superpuestas, generaciones de cuadros que acumulan pátina, tristeza y distinción, yo lo he visto, cambian de la noche al día, muñecas y Cristos con los ojos azules, saltones, vacíos, rodeadas las cuencas de porcelana de pestañas de verdad, pestañas de muerto en los ojos de la Mariquita Pérez.

Fuera, las persianas echadas, persianas verde desvaído por el sol, marrón ocre a veces, que se tienden por encima de los balcones encubriendo el interior. Un pueblo solo, desierto bajo el sol y un cielo abierto como un pozo, desierto como el fin, ni vivos ni muertos tras las persianas.

Dentro el fresco y la sombra, la naftalina, las fotos en blanco y negro, la rutina de los toldos, de regar y tender la ropa, cardos, geranios y parras, tejas y tejados en el horizonte, gorriones y murciélagos, gatos sobre los tejados. El ciruelo y el tedio, la angustia de las hijas de Bernarda, los vestidos negros y luego grises guardados en armarios y arcones, los gorriones y los murciélagos sobrevolando los tejados, triángulo equilátero de tejas superpuestas y rotas. Dibujo constelaciones geométricas, hipogrifos e higueras mientras suenan latines y se balancea contra el badajo la campana de la iglesia.

En la casa hay muertos y cueva, y cocina donde antes había un lavadero, camas donde había mesas de tortura, números inscritos sobre los frescos  que muestran escenas campestres que recuerdan a Novecento, tinajas llenas de fantasmas y más muertos, aceite y vino y muertos, brisas en la galería, muñecos perplejos con pestañas de muerto y ropa interior de niña, cruces, misales, estampas y una foto de Franco.

Almas como muelles tecleando el piano con torpeza y desesperación, el laúd y la catequesis, almas como muelles tristes, castigadas por saltar, las risas y los muertos, las cámaras, los ratones, las salamandras, los niños y los muertos; sangre semen sudor y placenta, fluidos y brisas de la casa. Dentro, tras las fantasmagóricas sombras proyectadas por los faros de los coches, al otro lado, tras las puñaladas de las persianas, fuera, donde nunca pasa nada porque nada puede pasar.

Dentro la pesadilla, el crujir de puertas y el miedo heroico de los niños, siempre en silencio, los ojos clavados en los ojos del niño Jesús crucificado, sonriente y vencedor, las garras de los árboles y los gemidos de los gatos que se aparean sobre los tejados, a la sombra de la chimenea y los murciélagos que planean suicidas agoreros y ciegos sobre el fatum del nonato, as time goes by… Los aparadores, baúles y galerías, braseros y cenizas, los muertos, las polillas y arañas mitológicas de patas robóticas inmensas, la salamandra en la pared, el ratón en las cámaras y el armario, dentro y fuera contaminados, la pátina y el sol, simbiosis ars-natura impedida por un muro blanco de medio metro de grosor y más persianas suspendidas sobre barandillas de hierro forjado, como el brocal del pozo.

Fuera los suicidas se cuelgan al sol, de rama de encina, olivo o higuera; dentro entre el mar de trigo no es fácil encontrar un árbol.

Dentro, en el cajón, en el armario, doblada, aguarda la bandera.

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Próspera y los ismos

Es curioso como el lema de caballo grande, ande o no ande, puede aplicarse a casi todo. Siempre vamos a los bares donde nos ponen la tapa más desbordante. Recuerdo, y todavía me dan arcadas, un lugar llamado El Boñar, situado por Plaza de España, no creo que siga abierto ya, al que acudíamos en los tiempos de la facultad. El bar-restaurante estaba siempre atestado de gente que acudía en masa al reclamo de unos platos soperos repletos de paella, garbanzos y trozos de morcilla y de tocino, todo ello junto, a la remanguillé, barra libre de sobras, y de las cañas baratas de mahou. Ojo, que yo soy extremadamente fan de los bares guarros, de las casi extintas cáscaras de gamba en el suelo y de la gruesa capa de grasa incrustada en la barra de formica (me costó dejar de decir fornica…) pero creo que en ese lugar no pude jamás ni probar esos panchitos que los aguerridos miembros del Club Deportivo de la Facultad devoraban con fruición.

La cantidad en nuestro país siempre se ha apreciado más que la calidad pero lo interesante es cómo ese carácter ostentoso y acaparador se muestra incluso en el lenguaje. Desde hace años percibo cómo palabras antes desconocidas, diría incluso que incorrectas, campan a sus anchas en periódicos y telediarios: explosionar, visionar (para referirse a una película), concretizar, islamista e hinduista (para referirse a devotos del Islam o el hinduismo)… Por puritita analogía, concluyo (y esto sin abrir el diccionario de la RAE, que cada vez me resulta más inútil) que en castellano nadie diría “Rouco Varela es un buen cristianista” o “mira qué bonita es La Alhambra, ese ilustre edificio islamista”.

Pero seamos rigurosos y acudamos a la RAE que, cual Fairy milagroso, “limpia, abrillanta y da esplendor”. Según el susodicho diccionario, “islamista” es “aquel perteneciente o relativo al integrismo musulmán”, lo cual marcaría una diferencia con el uso de “musulmán”,  que siempre se refiere a los que “profesan la religión de Mahoma”, es decir, el Islam. Hasta ahí, bien. Sin embargo, en el caso de “hinduista” no se menciona el fanatismo, y sí la característica del que profesa la religión del hinduismo. Y, para terminar de no arreglar la cuestión, si uno acude de nuevo al truño de la RAE para buscar la palabra “hindú”, uno encuentra que esta palabra puede referirse a los nacidos en la India, a los que profesan la religión del hinduismo y también a los partidarios (????) del hinduismo. Con lo fácil que sería, como en inglés, decir que a los naturales del país se les llama indios, a los seguidores de la religión hindú, hindúes ,y a los fanáticos del hinduismo, que los hay (como el BJP, partido político culpable probado de la matanza de musulmanes en Gujarat en 2002), hinduístas.La cuestión es ponerle unas letras de más, a veces sólo una sílaba, algo que le dé más empaque a tu discurso, un quiebro de novedad con el que poder demostrar una y otra vez que sabes más, que tienes más, que puedes sacar la palabra más larga. Porqué no podremos ver tranquilamente una película, concretar los detalles de un sarao literario y luego explotar de alegría al comprobar que en Ahmedabad hindúes y musulmanes por fin han dejado de sacarse los cuchillos para sentarse a la misma mesa y usar las manos para comer.

También es verdad que Próspera tiende al acaparamiento, sobre todo en ciertos momentos de ansia viva en ocasiones producida por fenómenos de histeria colectiva tales como esperar en una cola para entrar en un discotecorro -te lanzas a la barra como si no hubiera mañana una vez que te propulsan dentro unos señores muy desagradables- repartirse el botín de la piñata o comerte con tu hermana unos berberechos. Por eso he de decir, para zanjar este asunto (que no tema) que hablo con conocimiento de causa (que no desde el cariño) a causa del regomeyo insufrible que me produce leer, cada día, la prensa de este bendito país.

Los falsos principios

Ha empezado otro año. 2013. No suena mal, pero me temo que se avecina lo peor. Las Navidades han sido más tristes de lo acostumbrado. La gente cada vez habla menos en el metro, cada vez hace más frío, no hay fuerzas ni para protestar. Se nota enseguida si vienes de fuera: estamos perdiendo lo poco que nos quedaba de gracia.

En la India también han pasado unas navidades moviditas. La salvaje violación en grupo de una chica joven en Nueva Delhi ha provocado una respuesta social inaudita en el contexto indio, ese mismo en el que constantemente (para los amantes de las estadísticas las hay de lo más atroces) se cometen crímenes de violencia contra las mujeres sin que nadie, menos que nadie la policía, levante un dedo.

En la India, ese lugar del que decir cualquier cosa es casi tan estúpido como decir la contraria, el nivel de corrupción es todavía más elevado que en España (creo que también para esto hay un ránking y, hace unos años, mis alumnos de la JNU, emocionados, vinieron a comunicarme que España solo andaba un par de puestos por debajo de la India en el podio de la ignominia) y eso supone que muchos casos de asesinatos o violaciones no hayan sido jamás investigados por haberse visto involucrados en ellos políticos, actores, miembros de la propia policía o familias con los suficientes medios como para sobornar a las fuerzas vivas.

¿Por qué en esta ocasión ha salido la gente a la calle reclamando mayoritariamente la pena de muerte para los violadores o, en el mejor de los casos, la castración para los culpables? No sé si quiero tirarme al fango e intentar responder a esta pregunta; por una parte me alegro de que un asunto tan espinoso y a la vez tan tabú en la prensa india haya salido a la palestra: la situación de las mujeres indias, en el campo y  en la ciudad, es en muchísimos casos terrible y esto sucede porque la incorporación de las jóvenes a la universidad y a trabajos en grandes empresas implica importantes cambios en la mentalidad de la sociedad, cambios que muchos hombres indios todavía no han querido o sabido digerir. Publicaciones valientes como Tehelka, una revista que lleva años destapando los casos de violencia y de corrupción que asolan la India de norte a sur, sí que han puesto su granito de arena en el necesario proceso de desmitificación y concienciación, de creación de una verdadera democracia laica y sin miedo que este país necesita urgentemente. La publicidad (que presenta como modelo de mujer a una mujer más blanca que yo y con los ojos azules), las películas de Bollywood (donde siempre hay alguna que otra ostieja para la sufrida heroína), la religión (que, sea hindú, musulmana o sij, las presenta como diosas protectoras del hogar y servidoras del hombre, receptoras de todos los sufrimientos) y la falta de educación y concienciación al respecto son en gran parte culpables de que las mujeres trabajadoras, independientes y libres lo tengan bastante difícil en según qué entornos de la sociedad india.

Por esta razón, para intentar concienciar a los diferentes sectores de la sociedad, todos los años un grupo de mujeres recorren Nueva Delhi reclamando su derecho a llevar la ropa que deseen sin temor a ser agredidas verbal o sexualmente. Pasean por el metro y por los autobuses bajo el lema de “SlutWalk”, desconcertando a una población poco acostumbrada a protestas de esta naturaleza.Protestas-en-India La educación sexual, el sexo, es uno de los grandes tabúes en el tan cacareado país del Kamasutra. Tampoco quiero tirarme a la piscina, pero si al victorianismo de la época inglesa, le añadimos la estricta división por sexos desde el colegio, la consiguiente falta de naturalidad en el contacto entre hombres y mujeres, y los matrimonios arreglados, creo que ya tenemos bastante represión como para favorecer ciertas conductas enfermas. Y esto nos lleva a la segunda cuestión importante y a un grado mayor de enfangamiento: ¿verdaderamente se necesitan políticas aún más represivas para defender a las mujeres? ¿Solo el miedo a la muerte o a la castración pueden evitar este tipo de delitos? ¿No sería mejor intentar dejar de presentar a la mujer como un ser débil necesitado de protección y mostrarla como un ser humano igual en derechos y obligaciones a los hombres?

La India, igual que España, se ha creído, jaleada por las proclamas de políticos y medios, mejor de lo que era y, como en España, ha empezado por hacer centros comerciales y pisos con jacuzzi antes que por educar al pueblo y civilizar a los políticos. Ni en la India ni en España se han atrevido a dar los pasos más elementales para el verdadero progreso de un país: ni se han deshecho del lastre religioso, ni han puesto fin a caciquismos atávicos, ni le han dado la importancia debida a la educación, no sólo en las escuelas, sino a todos los niveles. La interiorización de los principios democráticos por parte de todos los habitantes de un país tan complejo no es cuestión baladí.

En cualquier caso, es sintomático que la gente salga a la calle, que haya nuevas generaciones dispuestas a molestarse en protestar y en luchar contra un sistema injusto. Los cambios importantes suelen venir desde abajo. Por eso espero que entre todos esos manifestantes que reclaman justicia en Madrid no haya ni uno solo que haya defraudado a la Seguridad Social pidiéndose la baja para irse de vacaciones unos días a Benidorm, que entre toda esa gente que salía a la calle en Nueva Delhi no hubiera ni un solo hombre que le haya arrimado la cebolleta a una chica en un autobús por la noche o aprovechando la confusión entre la multitud.

Siempre me acuerdo de un cuento de Quim Monzó, aunque desgraciadamente no de su título, en el que un grupo de gente enfurecida persigue a un hombre que ha atropellado a una vieja en la calle. El grupo se va haciendo cada vez más grande, la mayoría no han visto lo que ha sucedido pero todos, incluido el verdadero culpable del atropello, persiguen al presunto homicida, indignados por su falta de humanidad y dispuestos a tomarse la justicia por su mano al grito de “A por el hijoputa”. Por supuesto, todo termina con el linchamiento del pobre desgraciado y con una multitud feliz, comiendo perdiz, de vuelta a casa con la satisfacción de haber hecho lo correcto.

Esperemos que hacer lo correcto no implique matar a nadie. Esperemos saber discernir qué es lo correcto. Esperemos que todo el mundo, gobiernos, políticos y ciudadanos, sepa, con certeza, qué es lo correcto. ¿Será posible? Que no nos pase ná….