Madrid

Es gris. Madrid arrastra y se sobrecoge bajo el peso de las piedras que un día fueron extraídas de la Sierra para crear un monasterio y un palacio de retiro a un rey. Hoy, otros gobernantes engalanan de granito las calles y las plazas para hacer juego con las fuentes franquistas. No hay más parques que El Retiro, antiguo pabellón de caza reconvertido en pista de jogging.

También hay policías, a caballo, en moto o a pie, recorriendo las grises calles que no sé si también eran berroqueñas en los tiempos de Galdós. Anoche, influida la imaginación por la lectura del epistolario amoroso entre Emilia Pardo Bazán y el Garbancero, publicado por Carmen Bravo Villasante, descubrí a una Condesa esperando a un oficinista en la calle Palma esquina con San Bernardo. Doña Emilia aguardaba inquieta, ondulando el cuello como una gallina entre los terciopelos de la capa y las cosquillas de las pieles. Hay policías, digo, que recorren las grises calles pidiendo papeles, poniendo multas y robando las piedras que llevan muchos adolescentes en los bolsillos. Existen muchas posibilidades de perderse en esas calles si uno no las conoce bien, pero todas, siempre, desembocan en una plaza en la que poder sentarse, si calienta el sol, en un banco, también de granito o sucedáneo, a fumarse un cigarro y observar. La vida está de paso y los niños corren en círculos, ahogados por las carcajadas, sin mirar a ningún sitio, eufóricos y completamente inconscientes. Huele a comida, a sofritos de ajos y cebollas, a cocimiento de gallina y de repollo.

A los jubilados no les gustan los bancos de piedra. Son muy fríos y de eso a ellos les sobra en los huesos. El viento del Guadarrama corta el granito y enloquece a los que viven entre coches y piedras. El cielo es profundamente azul y el viento es blanco. Al cielo miran las piedras, porque sin él la vida no tendría sentido. Las nubes son perfectas, complejas, extrañamente enmarañadas. Bajo este cielo y esta luz la gente se arremolina con botellas atrapadas entre los dedos en torno a los bares, sin atreverse a entrar, discutiendo casi siempre, riéndose o asediando al camarero para que no le cobre a ese otro señor: “Esta la pago yo”.

Entre el cielo y el suelo, gris y azul, están los balcones con barandilla de hierro forjado. Cuelgan frecuentemente de estos balcones geranios, margaritas y claveles chinos. A veces cae el agua de las regaderas que, por rutina, accidente o traición, puede llegar a acertar en la cabeza de un transeúnte o algún borracho escandaloso.

Más cerca del gris, en los portales, por las noches, se siguen recogiendo amantes y adictos para resguardarse del viento blanco y darse calor y azul, como dice la canción de Antonio Vega. Quizás no recuerde exactamente la letra, pero sé lo que quería decir ese poeta vagabundo.

En los bares también se pueden tomar café o té, con churros o bollos, y orujos o pacharanes. A veces todavía hay tertulias y ahora los parados pasan la mañana mirando la televisión para mantener la cabeza vacía, con una sola consumición, en esas mesas donde una vez hubo escritores bohemios dejándose caer sobre el ángulo que forman la pluma y el papel enmohecido.

Anuncios

La idiosincrasia del filólogo

Soy española. Es una decisión que yo no he tomado pero que forma parte de mi idiosincrasia, de mi esencia identitaria si es que tal cursilada existe. Eso, hace unos años, cuando yo llegué a la India por ejemplo y la crisis era sólo un nubarrón en el horizonte, ser español, era casi siempre un punto a favor (“¿Española? ¡Fiesta, toros, paella, Madrid, El Prado!”). Ahora sin embargo, lo tengo comprobado, en cuanto tu acento delata tu procedencia, la gente da un paso atrás (“Spanish, right?”), desconfiada, como si les fueras a quitar la cartera o a pedir un préstamo. Me da la triste impresión de que volvemos a representar en el imaginario de los tópicos sobre los españolitos el archimanido y gris aguafuerte de lo sombrío, de lo decadente, de lo irremediablemente caduco. Cada uno carga con su dosis de complejos, de etiquetas y de categorías, muchas impuestas y otras elegidas, aderezadas con un número variable de virtudes y defectos que podemos favorecer o disimular. Lo de ser español resulta ahora mismo un punto negro difícil de maquillar por mucho estuco que le pongas…

Ahora bien, ser filóloga, hispánica para más inri, implica tomar una decisión y mantenerla a lo largo de cinco años que en nada van a mejorar el panorama laboral para los humanistas. Estudiar filología hispánica en 1997 ya era un suicidio laboral pero, sin embargo, creo que nunca me planteé en serio matricularme en ninguna otra carrera: siempre me ha costado infinito comprender las cosas que no me interesan. Mi cuerpo y mi mente reniegan del garrafón y del pragmatismo sin cortapisas. No me importa nada pertenecer a una especie en extinción: creo firmemente que, como buenos raros, somos, y cada vez más urgentemente, necesarios para una sociedad  famélica de educación y de cultura, de fe más allá de San Google y el nuevo Pope, de fe en un futuro al que algunos no pensamos renunciar por muy cuesta arriba que se nos ponga.

No me arrepiento de nada, rien de rien. Es más, llevo un par de años estudiando el Grado en Estudios Ingleses por la UNED para completar una formación que, lejos de parecerme inútil, me produce enormes satisfacciones aunque, a la vez, también suscita miradas de perplejidad y preguntas diversas, de índole práctica en la mayoría de los casos, en conocidos y familiares. En otros países,  me refiero por ejemplo al mundo anglosajón, el haber estudiado Literatura, Historia, Arte, no supone un menoscabo en la consideración social o laboral de los licenciados. A menudo éstos pueden acceder a diversos ámbitos laborales,  no siempre directamente relacionados con sus áreas de estudio: sus posibilidades, lejos de limitarse a la docencia o a la investigación, pueden abarcar diversas áreas ya que muchas empresas, públicas y privadas, consideran que la formación en Humanidades enriquece el perfil del candidato. En España, sin embargo, lo de estudiar nunca ha estado bien visto. En el colegio, en las clases de inglés, en cuanto alguien pronunciaba “How do you do?” de una manera afín a las normas de la fonética inglesa, firmaba su sentencia de pringadez de por vida. La mediocridad del “Jauduyuduuuú?” se imponía por goleada, y no porque no supiésemos pronunciarlo bien, sino porque existe en nuestro país una tendencia a mantener la mediocridad a toda costa, una especie de miedo irracional a la cultura, a las citas literarias, a la corrección lingüística, que muchas veces se toma por excentricidad, locura o vana estupidez. Ese miedo a los libros, representado magistralmente en la quema de la biblioteca de Alonso Quijano, ha quedado de alguna manera impregnado en el subconsciente colectivo. Y en los chistes de Forges… Que Jehová le otorgue larga vida y lo bendiga eternamente por llevar tantos años mostrándonos a diario nuestra vil y alegre idiosincrasia. Con ternura. Sin piedad.

Forges Presidente

Forges Presidente

Próspera y la mujer trabajadora

Próspera ha estado aturdida estas dos semanas. Las noticias se parecen cada vez más a un capítulo de Los Soprano, serie esta que absorbe mi tiempo en una etapa, breve pero intensa, de cuestionamiento global.

Disculpad mi lenguaje, pero acabo de empezar un curso de “community manager” y comienzo a interiorizar esa jerigonza absurda para denominar conceptos bastante simples a los que algunos listos quieren sacar desproporcionada rentabilidad. Sí, amigos, claudico porque sin títulos uno no es nada y ya no es suficiente con la carrera universitaria: necesitas másters, cursos de actualización, de community manager, de microblogger, de escritor creativo… No sé si me imagino a Shakespeare, a Cervantes y a otros escritores autodidactas acudiendo a un máster del universo/curso del paro para actualizar sus conocimientos. No lo veo, por mucho que me empeñe, no lo veo… En cualquier caso, con tal de encontrar un trabajo ya hago lo que sea; incluso seguir pagando cursos para que me dejen cotizar. La crisis, el paro y la creciente titulitis (derivada de la necesidad de tener más títulos compulsados que tus 5 millones y pico de competidores) hacen que las zancadillas, el mal ambiente laboral y los sueldos irrisorios predominen. Nuestro mercado laboral es una versión 2.0 de los mercados de esclavos. Sí, lo que la mayoría de la gente se juega es un sueldo de mileurista en unas condiciones de trabajo cada vez más deplorables -contratos temporales, y eso en el mejor de los casos, horarios descabellados sin cobrar horas extras, ERES, despidos procedentes o no, imposibilidad de trabajar en tu especialidad, una edad de jubilación cada vez más cerca de la luz al final del túnel- para poder pagar una hipoteca y tener una casa bajo la que refugiarse del temporal justo antes del último desalojo. Y, sin embargo, quiero trabajar (aunque lo que mi padre quiere, iluso, es que cotice…)

imgres

Hace algunas entradas me manifestaba hasta la peineta; ahora resulta que “hacer una peineta” quiere decir sacar el finger o, leyendo entre líneas, mandar a alguien a tomar por el culo. Bárcenas también requiere de una jerga específica, de eso no cabe ninguna duda. Y Cospedal, de un intérprete pero ya. Y Rajoy…¿dónde coño está Rajoy? ¿Cómo es posible que nos gobierne una secta de mafiosos y se imponga la omertá? Barra libre de peinetas…