De Ruskin Bond y las ovejas negras

Portada de Delhi no está lejos, cortesía de Editorial Automática

Portada de Delhi no está lejos, diseñada por Álvaro Pérez d’Ors

Conocí a Ruskin Bond un día de invierno en las estribaciones de los Himalayas. Yo huía de Delhi, decadente emperatriz que me atenazaba, feroz, en sus garras, hacia Mussoorie, pueblecito de montaña plagado de internados ingleses para niños bien, herencia de los tiempos del Raj, y hoteles y restaurantes dedicados al turismo local. En Delhi había oído hablar de Ruskin Bond y, poco después, alguien en cuyo gusto literario confiaba y que por entonces me guiaba a trompicones en mis descubrimientos indios, me regaló sus obras completas. Empecé con Delhi is not far y quedé fascinada por esta historia mínima, muy compleja en su sencillez, cargada de compasión cervantina hacia unos personajes también pequeños, desconocidos quizás para el gran público europeo y característicos, que no prototípicos, del variopinto y caótico mundo que entonces me rodeaba.

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Reflexión asténica

No termina de hacer calor. Me leo todas las secciones internacionales de la prensa para averiguar algo más del atentado que dejó casi una treintena de muertos en Chattisgarh, India, bastión de los rebeldes maoístas que desde hace años tiene en jaque al gobierno central. Esta vez han logrado llamar su atención matando a uno de los líderes del Partido del Congreso (el partido de Sonia y su hijo, Rahul Gandhi, el partido que está ahora en el poder) y provocando, una vez más una crisis que sin embargo apenas tiene repercusión alguna en los medios de comunicación españoles.

Rastreando la sección de internacional en diversos periódicos únicamente encuentro noticias sobre Europa, alguna sobre Siria, bien abajo, para que no nos creamos que se olvidan los medios de esta masacre que seguimos en riguroso directo, eso sí, el milagroso caso de un bebé nacido en mitad de un tornado, y la desgraciada muerte de una tía de Angelina Jolie días después que ésta comunicara su intervención preventiva. Fascinante, ¿verdad? Sólo en El país, y mira que me jode admitirlo con lo mal que me caen estos señores, máxime desde que forzaron a la gran Maruja Torres a marcharse, aparece un titular sobre el asunto: http://bit.ly/18m5JWH. Eso sí, el cuerpo de la noticia es más pequeño que el que hace referencia al rechazo al uso del condón que siente la industria pornográfica californiana. (La sinrazón también lo menciona, lo del atentado, no lo del porno, claro, pero a esos señores no quiero mencionarlos yo).

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Los cuervos

Babar Road, Septiembre, 2007.

Imagen

Old Delhi por la tarde

llaman a la oración

y un árbol pelado se recorta

contra un cielo gris de guerra

en retorcidos escorzos minimalistas

y aloja alternativamente

entre sus escuálidas ramas

góticos cuervos de mirada perdida

en el mal infinito.

Su boca abierta me recuerda

mi propio asombro: identifico,

claramente, la soledad y el pozo

de este miedo atávico

que tantos otros desde hace siglos

han sentido correr hacia dentro

al ritmo del eco sordo del muecín.

Cojón de ñu

Cada vez salgo menos. Y cuando lo hago por los que antes era mis barrios de culto, Malasaña, Chueca, vuelvo a casa de tal mala leche que mejor hubiera sido no salir de mi Tetuán de las Victorias. La razón de mi mala baba, que en ocasiones alcanza proporciones colosales, es que cada vez llevo peor la frivolidad. Soy incapaz de observar impertérrita cómo el mercado de San Antón, en Chueca, escupe y engulle a docenas y docenas de personas por sus puertas a todas horas, cualquier día de la semana, para comprar exquisiteces tales como hamburguesa de cojón de ñu o cecina de pellejo de burra vieja, a precios que dan risa y ganas de llorar a la vez.

Se me cae el alma a los pies de pensar que la Galería de Alimentación de mi barrio lleva años sobreviviendo a duras penas. La mitad de los puestos están cerrados a pesar de que los tenderos han hecho verdaderos esfuerzos por ajustar los precios y así poder competir con el Dia de la esquina y el Mercadona de la Plaza de la Remonta; sobres de salchichón y chorizo ibérico a un euro, oiga, a buen precio y sin dar ñu por kobe. La exclusividad no puede ser global, te pongas como te pongas. Pero la estupidez parece ser que sí. Los verdaderos mercados de barrio mueren por inanición mientras que experimentos tales como el Mercado de San Antón o La Cebada suceden en el trono a mis épocas grunges de bares de viejos y locales oscuros de conciertos imposibles. Acabo de pasar la edad de Cristo y la vejez acecha.

El domingo pasado, bajando por la calle Fuencarral observé con absoluto pavor como el único bar que seguía manteniéndose en el tramo desde Tribunal a Bilbao era el Café Comercial. Todos los demás, El Corripio con sus tinajas de vino dulce y de vino seco, con su baño de la trastienda, al que solo se podía acceder cruzando al otro lado de la barra, el guarrísimo Patatús, incluso el relativamente nuevo La Divina, han perecido en los últimos diez años. Sin embargo proliferan restaurantes macrobióticos, locales donde pides la comida como en el Mac Donalds, tras hacer cola y mirar lo que te quieres comer en un luminoso, no en un mostrador, las tiendas vintage donde antes las había de segunda mano, italianos posmodernos, garitos de tapas al peso, tiendas de complementos perrunos diseñados en Escandinavia para un público selecto… No creo que ninguno dure mucho. Quizás el Mac Donalds, por aquello de la necesidad de comerse un hamburguesote mugriento tras la juerguita hipster. Curiosamente, los pocos sitios que en Malasaña han ganado clientes son esos bares de viejo que antes eran mayoría: los señores de El Chamizo se están haciendo de oro (vive dios que se lo merecen: esos torreznos de segunda tapa han salvado inmumerables vidas) y el pobre Casto, de El Palentino, ya no tiene tiempo ni de fumar porque no hace más que poner copas. Solo el éxito de estos señores consigue congraciarme, ligeramente, con el género humano.

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Ya solo queda esperar a que nuestros gobernantes, espoleados por las nuevas generaciones y abrumados por las firmas recogidas en change.org, se den cuenta de que Bravo Murillo es, tal y como comentaba Bimba Bosé, lo más parecido que tenemos en España al Soho neoyorquino (se nota que no se ha paseado mucho por mi querido Guarro y Cutrillo esa señora) y me lo tuneen para sacarle partido. Así, cuando vuelva de mi más que probable próximo exilio y vaya a pedirle mi sobrecito de ibérico a mi carnicero de cabecera,este me ofrecerá paté de hígado de avestruz albina y yo tendré que escapar de nuevo de este maldito país al que, desde hace unos años, prefiero recordar en la distancia. Porque vivir en diferido es muy complicado.