De Ruskin Bond y las ovejas negras

Portada de Delhi no está lejos, cortesía de Editorial Automática

Portada de Delhi no está lejos, diseñada por Álvaro Pérez d’Ors

Conocí a Ruskin Bond un día de invierno en las estribaciones de los Himalayas. Yo huía de Delhi, decadente emperatriz que me atenazaba, feroz, en sus garras, hacia Mussoorie, pueblecito de montaña plagado de internados ingleses para niños bien, herencia de los tiempos del Raj, y hoteles y restaurantes dedicados al turismo local. En Delhi había oído hablar de Ruskin Bond y, poco después, alguien en cuyo gusto literario confiaba y que por entonces me guiaba a trompicones en mis descubrimientos indios, me regaló sus obras completas. Empecé con Delhi is not far y quedé fascinada por esta historia mínima, muy compleja en su sencillez, cargada de compasión cervantina hacia unos personajes también pequeños, desconocidos quizás para el gran público europeo y característicos, que no prototípicos, del variopinto y caótico mundo que entonces me rodeaba.

Sabía que Ruskin Bond acudía todos los sábados por la mañana a una librería de Mussoorie para charlar con sus lectores. Allí encontré todos sus libros: cuentos para niños (el personaje de Rusty, huérfano anglo-indio que crece en una estación de montaña, es conocido por varias generaciones de niños), antologías de cuentos de los Himalayas, artículos de Ruskin Bond, poemas de Ruskin Bond, recetas de Ruskin Bond, novelas de Ruskin Bond… Y sin embargo él, ese brumoso día de lluvia francamente desapacible, no apareció. Cuando le pregunté al librero si había sabido algo del escritor, éste me pasó directamente su teléfono y me animó a que le telefoneara. Desde una pequeña cabina enfrente de la librería llamé al mítico Ivy Cottage en el que desde hace lustros habita este escritor, sumamente famoso para el público indio pero extrañamente desconocido para la audiencia occidental (al revés de lo que ocurre con autores como, por ejemplo, Salman Rushdie, caso paradigmático, que podría considerarse la cara de una  moneda en la que Ruskin Bond representaría la cruz.) Me contestó él mismo, algo que me extrañó, dado que cualquier persona de clase media en India tiene a su servicio, por lo menos, una cocinera, alguien para limpiar el suelo, un lavaplatos, un planchador y un jardinero, aunque sólo sea para regar las plantas de la terraza. Cuando me identifiqué como lectora en una universidad de Delhi, se obró el milagro que siempre provocaba la palabra “professor” en la India donde todavía se tiene en consideración, en ocasiones incluso demasiada, el oficio de la docencia. Me dijo que estaría encantado de hablar conmigo, pero que hacía un día de perros, él estaba mayor y que, tras haber echado un vistazo por la ventana, había decidido que era un día para quedarse en la cama bebiendo ron caliente. Ruskin Bond es hijo de ingleses, nacido en Shimla, otra estación de montaña como Mussourie, en los tiempos del Imperio. Se crió con un padrastro hindú en Dehra Dun y sólo pasó un par de años en Londres completando sus estudios y añorando volver a sus montañas. Desde entonces y tras una breve estancia en Delhi, siempre ha vivido en Landour, una aldea cercana a Mussourie donde vive en una casona entre orondas y verdes colinas con reminiscencias lunares. Su acento británico se ha visto aderezado con estas tes y des retroflexas características del inglés indio. Los accha” (vale) también sobreabundan alternados con refranes ingleses. Es más indio que inglés pero siempre será visto como anglo-indio, igual que Salman Rushdie que, sin embargo, poco ha vivido en el subcontinente. De nuevo el haz y el envés de una misma hoja con idéntico resultado de extrañamiento: son intrusos, extranjeros, más o menos aceptados en los lugares en los que han vivido sin jamás pertenecer del todo ni a estos, ni a aquellos en los que nacieron. Creo que esta condición de extranjero, de intruso y, por tanto, de observador que no juez, es lo que más me impresionó de esta novela. Ruskin Bond se acepta en India como una extravagancia, igual que le ocurre a Rushdie, al otro lado del charco; se les reconoce y se les respeta por su diferencia, los dos son exóticos en su entorno.

Todo el mundo conoce a Ruskin Bond. Caminamos desde Mussourie al vecino pueblo de Landour y nos guiamos por las indicaciones de la gente: “¿La casa del escritor? Más arriba.” EL Ivy Cottage, la torre del marfil que alberga a nuestro eremita, se perfila entre tejados y banderas tibetanas.

Él mismo nos abrió la puerta y, tras un breve interrogatorio (supongo que intentaba averiguar si éramos lo que allí se conoce como “buscadores espirituales”, denominación que abarca a todos los occidentales que llegan a la India buscando, pobres, encontrarse a sí mismos. Ni a míster Bond ni a mí nos hacían demasiada gracia esos señores que repetían mantras pero se hubieran espeluznado ante la imagen de unas viejas rezando el rosario) decidió que éramos merecedoras de ser invitadas a un té que apareció acompañado de un bizcocho con frutas digno de aparecer en una novela juvenil de Enyd Blytton. Los collages de artistas de Bollywood en blanco y negro que adornaban las vitrinas de los aparadores contrastaban con la escasez de muebles y la sobriedad de las viejas casas indias, sometidas por igual al frío, a las lluvias monzónicas y al calor. La conversación fluye sin que entremos en terrenos demasiado elevados. Sri Ruskin Bond es realmente divertido y ríe a menudo agitando su panzudo abdomen. De vez en cuando algún chiquillo descalzo cruza corriendo por delante de nosotros. Míster Ruskin nos dice que tiene diez niños y una niña adoptados en su casa. Habla de algunos autores indonesios con mi amiga y de repente recuerda que hace años tradujeron uno de sus libros de cuentos para niños al español. Milagrosamente, lo encuentra entre el maremágnum de fajos de papeles y libros y me lo regala. Dice que le encantaría que publicasen sus novelas en español aunque no sabe si tendrán interés para los españoles.

Ruskin Bond no puede entender cómo mi amiga y yo aguantamos vivir en una ciudad tan terrible como Delhi: la contaminación, el ruido, el polvo, el calor más inmisericorde, húmedo y seco según la estación, el carácter rudo de sus habitantes… Nos dice que él lo intentó, pero no pudo.

Hablamos, o quizás no, del Delhi musulmán, del barrio de Nizzamudin en el que cada jueves, en honor del profeta sufí, se reúnen personas de toda religión y condición en torno a su santuario cantando, entre otras cosas, versos del poeta del amor y del vino, Ghalib. En ese reducto medieval, diminuto al lado de la vecina tumba de Humayun, escondido tras la carretera y los barrios residenciales, se juntan ciegos, parias, nuevos ricos que sueltan billetes a  la banda de quawali, mujeres que van a pedir al santo un hijo, estudiantes hindúes que acuden a escondidas de sus familias, deseando secretamente convertirse al Islam, niños que aprovecharían cualquier descuido, pobres de una pobreza indescriptible exigiendo caridad, abanicadores profesionales con los ojos sangrientos de tanto opio y tantos charas, mujeres en trance dándose golpes contra las celosías de mármol blanco y europeos aterrados y sonrientes agarrándose el bolso detrás de un señor con paraguas. En ese reducto, digo, construido hace más de quinientos años, se celebra al santo sufí, profeta de un dios que celebraba el amor, la música y la poesía y que no hacía distinciones de casta, riqueza o religión. Fue por esas creencias suyas, aparte de por ignorar repetida y deliberadamente las invitaciones del sultán de Delhi, Ghiyasuddin Tughlaq Shah a participar en sus tertulias, que fue acusado de herejía y perseguido. Cuando el emperador volvía victorioso de una de sus campañas en Bengala, los seguidores de Nizamuddin le recomendaron huir antes de caer en sus manos y enfrentarse a una muerte digna del sátrapa mogol. Sin embargo, el sabio respondió: “Delhi todavía está lejos” (Dilli dur ast). Días después llegaron noticias de la muerte del emperador, en el camino hacia la capital, probablemente a manos de su hijo, el heredero.

Tumba de Humayum, Nueva Delhi

Tumba de Humayum, Nueva Delhi

Delhi ha visto sultanatos e imperios caer, ha recibido en sus calles a todos los bastardos de una estirpe de emperadores y reyes que, en 1857, abandonaban el Fuerte Rojo de Delhi mientras que los legítimos (todo lo legítimos que podían ser los mogoles, expertos en parricidios y golpes de estado) gobernantes cedían ante el poder de las armas del blanco invasor y marchaban escoltados hacia el exilio. Sin embargo el Raj inglés también cayó y Ruskin Bond es testigo único y privilegiado de esos últimos coletazos de colonialismo que han dejado sus huellas en esas estaciones de montaña que nuestro míster se ha negado ya a abandonar.

Frente a Delhi, ciudad donde colapsan los imperios, se amasan fortunas y confluyen tantas historias de todos los rincones del subcontinente y más allá, y en contraposición a la pureza y la espiritualidad de las montañas, se encuentran las pequeñas ciudades y pueblos de las mesetas del Norte de la India, donde nada pasa y todo se repite como las estaciones, donde todos los ojos que todavía albergan esperanza miran hacia esa corrupta capital que, a menos de doscientos kilómetros, no advierte siquiera su existencia.

Creo que esta intrahistoria sí es interesante para el público español, míster Ruskin, especialmente en un momento de nuestra historia en el que las pequeñas gestas son ya las únicas que nos atañen de verdad.

En una de esas pequeñas ciudades, que él conoce tan bien como cualquier indio-indio, transcurre esta historia en la que tres personajes solos, atípicos y distintos del resto de sus habitantes, se encuentran por la misma razón que siempre se apartan las ovejas negras. Como Ruskin Bond, sus personajes se enfrentan a los dilemas del observador que, desde fuera, vive inmerso en su contradicción. Más allá de las convenciones y costumbres, más rígidas y anquilosadas cuanto más periféricas del poder (o no) el gigante indio mira hacia su capital, donde se cruzan todos los caminos de mil y una razas y donde convergen todas las historias: Delhi no está lejos.

Madrid, marzo de 2012.                                                                                                                                                                                                         Prólogo a Delhi no está lejos, publicado por Automática Editorial.

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