La Constantinopla Oriental: Lucknow

La India es un país fascinante pero también bastante desconocido más allá del llamado Triángulo de Oro que ofrecen la mayoría de las agencias de viajes. Aparte de Delhi, Agra y Jaipur o Benarés, ciudades con indiscutible atractivo turístico e histórico, el norte de la India está plagado de lugares interesantes, relativamente inmunes a la masificación de viajeros tan común en Goa o Rishikesh, y con diversos encantos que desvelar a los aguerridos viajeros que osen salirse de la ruta tradicional. En realidad, el riesgo es casi nulo, y, en cambio, el partido que se le puede sacar a estos viajes “por libre”, infinitamente superior. Solo hay que saber renunciar al sentido del tiempo y, un poco, al del espacio, para poder desprenderse de condicionantes y presiones, y ser capaces de viajar al ritmo que imponen las líneas ferroviarias indias.

Estación de Lucknow

Estación de Lucknow

La historia de la India en los últimos siglos, el largo imperio de los mogoles así como el periodo del Raj Británico, se ha centrado en el Norte del país. Lucknow, capital artística y cultural durante los siglos XVIII y XIX, mantiene todavía todos los encantos de su pasada gloria y está muy bien comunicada, tanto por tren como por avión, con Nueva Delhi. Conocida como “La Ciudad de los Nawabs ” o “La Constantinopla Oriental”, Lucknow jugó también un papel importante durante la rebelión que, en 1857, tuvo lugar contra los ingleses. Por otro lado, durante siglos la ciudad gozó de gran reputación por la fama de sus escritores y por el refinamiento de su sociedad. “El mejor hindi se habla en Lucknow”, dirán todavía hoy algunos de sus orgullosos habitantes. Sin embargo, los poetas ya no pasean por los patios de sus palacios, ni los sabios rondan sus jardines. Los monumentos históricos de Lucknow conservan cierto carácter fantasmal, como tantos otros lugares en India, pero sus moradores se cuentan entre los más afables y educados de toda la India.

 

Salimos de Nueva Delhi muy temprano por la mañana para coger el Shatabdi Express en la estación de Pahar Ganj. El shatabdi es el tren rápido indio, y una manera muy recomendable de viajar si se dispone de tiempo suficiente. En poco más de seis horas, antes del mediodía, estábamos en Lucknow. Lo primero que nos llamó la atención fue la calma provinciana que esta ciudad transmite. El ritmo de vida es mucho más sosegado que en la capital y además, para nuestra enorme sorpresa, el conductor del rickshaw que nos llevaba al hotel puso el taxímetro sin que tuviéramos que advertirle de que lo hiciera.

La riqueza cultural de Lucknow es inmensa y en sus calles todavía se observa la mezcla de estilos y de comunidades. Musulmanes e hindúes han convivido aquí durante siglos hablando una lengua común, el hindi -mezcla del hindustani y el urdu- y desarrollando una sociedad refinada y exquisita que todavía hoy se manifiesta, por ejemplo, en la excelente tradición culinaria de la que presume la ciudad. Los tunday kebabs, cordero aderezado, se dice, con más de 160 especias, son uno de los bocados más deliciosos que yo haya probado jamás.

Una vez que dejamos nuestras maletas en el hotel, bastante céntrico, nos dirigimos al Chowk, al mercado o bazar, donde en torno a la mezquita se despliegan los puestos y bullen los habitantes de la ciudad. Especias, pinchos morunos, dulces y frutas se ofrecen en bandejas, colocados con delicadeza y buen gusto para captar la atención del posible comprador. Era Ramadán y, cuando llegamos al mercado era casi la hora del Iftar, cuando los musulmanes rompen el ayuno. El olor a comida, la luz mortecina de las bombillas de los puestos, y una sosegada espiritualidad presiden esta atmósfera de cuento, sólo alterada cuando una moto se cruza en nuestro camino, zigzagueando con destreza por las estrechas calles atestadas de gente. A pesar de que éramos cuatro chicas, nadie nos observaba como si fuéramos extraterrestres; sí con respetuosa curiosidad. Nos llama la atención un señor que, en mitad de la calle bate una mezcla de hierbas en un inmenso perol. Prepara bolitas de bhang, una droga parecida a la marihuana, asociada al dios Shiva que, en algunos lugares del norte, se vende y consume legalmente. El dueño de la tienda nos informa de que la bebida que se prepara con estas hierbas, el bhang lassi, es sagrada ya que, bajo sus efectos, es imposible cometer ningún pecado… Durante este primer día en Lucknow no vimos ni un solo blanco, ni un solo turista extranjero, ni siquiera en el hotel.

Artesano del bhang

Artesano del bhang

Dos de los edificios más importantes de la ciudad son el Bara Imambara y el Chotta Imambara. El Bara Imambara es una especie de hospital, construido en 1784 por Asaf-ud-Daula, cuarto nawab de la región de Awadh, para alimentar y dar refugio al pueblo azuzado por las hambrunas y las enfermedades. Se trata de un recinto inmenso, con varias puertas de entrada, un par de mezquitas y un patio central espectacular, enmarcado por gradas, arcadas y murallas de ladrillo y adobe. Además, el Bhul Bhulaiya, un intrincado laberinto de cientos de pasillos y corredores, construido para despistar al enemigo, es una visita recomendable siempre que vayas con un guía que pueda mostrarte la salida… Sobre la puerta principal, dos peces enfrentados simbolizan la prosperidad y la abundancia: el poder real de los mogoles.

A la salida negociamos con un tonga-wallah que por poco menos de un euro accede a llevarnos al Chotta (pequeño) Imambara, a la Puerta de Rumi (Rumi Darwaza) –símbolo de la ciudad, inspirada en la Bab-iHumayum de Estambul- y a otros edificios de arquitectura ecléctica persa-mogola con arcos polilobulados de reminiscencias hindúes.

Jardinero en el Bara Imambara

Jardinero en el Bara Imambara

En el Chotta Imambara, diferentes mezquitas rodean el ajardinado patio central, adornado con fuentes y parterres. Una de ellas, contiene una impresionante colección de lámparas, reproducciones de edificios emblemáticos de la Antigua Persia, tumbas de imanes y princesas e incluso una foto del Ayatollah Jomeini. Los colores, brillantes y absolutamente kitsch, los materiales y las luces que desprendían algunas de las lámparas policromadas, traídas de todos los lugares del globo (China, Japón, Rumanía…) colgadas por doquier sin orden ni concierto daban al recinto sagrado un aire profundamente decadente y misterioso. Las explicaciones del guía, igual de caóticas que la disposición de las lámparas, no ayudaban a entender el sentido original del recinto, pero, igual que ocurre con el arte contemporáneo, conocer la teoría de cada monumento no es lo fundamental para poder disfrutarlos.

Lámparas en el chota imambara

Lámparas en el chotta Imambara

Nos reservamos para el final la visita a la Residency, construida en 1800 por el Nawab de la región de Oudh para servir de residencia para los representantes del Imperio Británico en la región. Durante el mes de junio de 1857, la Residency, donde vivían multitud de súbditos británicos –no sólo soldados sino también muchos civiles- fue asediada durante cuatro meses y medio por las fuerzas rebeldes indias levantadas en armas contra la dominación del Raj. Las ruinas de este inmenso complejo de arquitectura neoclásica, salpicadas de palmeras y a merced de la salvaje vegetación, se mantienen a duras penas en pie y en sus paredes se observan claramente las huellas de la metralla y de las bolas de cañón. Después de un segundo asedio y tras multitud de muertes debidas a los ataques y a las enfermedades derivadas del monzón, la Residency de Lucknow fue evacuada y abandonada para siempre. Este lugar, donde ahora florecen templos improvisados y donde los habitantes de Lucknow acuden a pasear, resume, en mi opinión, la esencia de la ciudad: un lugar plagado de fantasmas que, en otro tiempo, vivió momentos de esplendor y gloria, pero que no ha sabido resistir a los empujes del tiempo y de los sucesivos cambios de gobierno.

Residency

Residency

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