Ana María Matute o la niña más sabia del mundo

Lo de siempre. La gente se muere, antes o más tarde, los mejores y los peores, las víctimas y los verdugos: sic transit gloria mundi. Pero hoy se ha muerto Ana María Matute. De nuevo el teléfono móvil ha sido el medio por el que he recibido la noticia. Un mensaje, un whatsapp y una llamada me han comunicado en los últimos años la muerte de un amigo, la de la escritora y la de mi abuelo. Las tres he reaccionado de la misma manera, neciamente, pronunciado esa palabra de dos letras, esa sílaba mágica que casi todos aprendemos a decir antes incluso de proferir el sustantivo creador “mamá”. NO.

Con angustia he repetido ese adverbio un par de veces, mientras salía del curro un momento para fumarme un cigarro. Algo en el pecho se ma ha encogido de inmediato. Nunca he visto a la maestra de cerca más que en la Feria del Libro, desde la prudente distancia que guardo con la gente a la que de verdad admiro (he de reconocer que esto no me pasa mucho), hace ya algunos años. Sin embargo desde la primera vez que leí Primera Memoria, ejemplar que creo haber comprado durante algún agosto mis 11 y mis 13 años, en una librería de Mahón, siento que la conozco desde siempre.

 Yo era una lectora voraz y empleé todas las noches de mi adolescencia, no recuerdo excepción,  aprovechando mis insomnios para deglutir todos los libros que me salían al paso y escuchar en el walkman canciones, que ahora me dan grima, una y otra vez. A los quince me había leído prácticamente todos los que había en mi casa, que no eran pocos, indiscriminadamente, incluidos los de la estantería de arriba, donde se habían colocado estratégicamente un par de novelas de La Sonrisa Vertical. Sólo algunos de estos libros han sobrevivido a mi historia y a ellos he vuelto con saña una y otra vez, siempre que lo he necesitado. Eso me pasa con los libros de Ana María Matute. A veces los necesito.

En sus novelas la verdad no es bella pero sí necesaria; la forma es pura y no encubre, sino que muestra sutilmente a sus personajes, como si fuera pura corriente, que te atraviesa y que te hace daño. Matia, los niños viejos de sus cuentos, el chueta Manuel, la reina Ardid, el adolescente de Pequeño Teatro (obra tan simbólica y poderosa como el título sugiere) duelen porque son de verdad, sin concesiones. Todos acusados de locos y tullidos de una manera u otra. Todos estamos heridos. No hay más explicación que esa y por eso, la crítica feroz, la ironía, sólo aparece espoleada por la injusticia y la falsedad de unos pocos personajes que se han plegado al encorsetamiento establecido para poder “funcionar” en sociedad, sea esta real o fantástica.

Cuando terminé esta novela no sabía nada ni de la autora, ni del contexto en el que fue escrita, ni de que había ganado el Premio Nadal en 1959, pero comprendí con el corazón encogido, igual que esta mañana cuando me he enterado de su muerte, que ese era el tipo de cosas que yo quería contar, la manera en la que yo, algún día, quería mostrar las oscuras realidades que nos rodean y condicionan, sin maniqueísmos ni dobles caras, muy alejada del simplismo y el sentimentalismo fácil que impregna, destrozándolas, algunas de las obras más renombradas de la literatura española. Esa mujer de apariencia tan frágil en los últimos años, a la que presentan en los medios como un hada buena, como una señora entrañable e inofensiva, fue para mí una misteriosa revelación, ambigua e inexorable, que me catapultó sin remedio a la rebeldía, el inconformismo y la curiosidad. Y hacia Ana María Matute. Una y otra vez. Gracias.

ana maría matute

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