Volver

Niebla que nos rodea casi por completo, extraños bultos que caminan por las carreteras envueltos en mantas y con bufandas anudadas alrededor de la cabeza, perros que se abalanzan rabiosos sobre el taxi mientras los ladridos y los graznidos de los cuervos se mezclan: Estoy en Delhi, he vuelto y todo es igual.

Poco antes de volver a la India me salió una entrevista sobre mi traducción de Ruskin Bond para Billar de Letras (adjunto link aquí: http://billardeletras.com/entrevistas-literarias/traduciendo-ruskin-bond-entrevista-maria-lopez-gonzalez) y, después de cuatro años volví a tener el regustillo de esa vida bohemia y siempre inesperada que era mi día a día antes de reincorporarme a mi rutina actual (de nueve a cinco más atascos y trabajo en casa) que es la que desde pequeña me estaba asignada

A pesar de los Juegos de la Commonwealth de 2010, que dejaron la ciudad como un campo de minas en los meses previos a su celebración debido a la construcción de carreteras, puentes y estadios no pensados para perdurar en el imperioso clima deliniano, la ciudad sigue siendo un infierno de tráfico, pobreza y caos. Proliferan también los concesionarios de lujo, nuevos centros comerciales, más coches, pero en las vallas y en el mobiliario urbano sigue habiendo saris tendidos y mantas colgadas al sol. Lo de siempre no ha cambiado nada y esos niños que me estampan revistas de moda en la ventana del taxi ya estaban allí hace casi cinco años. Allí me siento extraña entre tanta gente parecida, aquí soy una más y me diluyo para verlo todo desde la barrera, para observar detalles y gestos que me devuelven en muchos aspectos a otro nivel de civilización.

Delhi cumple por una vez con todas mis expectativas. Los rickshaw wallas y taxistas parecen haberse confabulado para quitarme la razón y, lejos de timarme, cumplen con creces su trabajo llegando incluso a excederse en sus funciones, ofreciéndome su teléfono para llamar a mis amigos o parando en mitad de trayecto para comprarme unas cerillas.
Todavía soy capaz de mantener una conversación básica en hindi, sigo aún sintiendo que llego a casa cuando llego a Delhi; me sorprende que haya pasado tanto tiempo y que no haya sucedido ninguna catástrofe que me haya impedido disfrutar por completo, sacándole todo el aire al globo, a borbotones, a un tiempo en el que apenas he dormido y en el que, curiosamente, he tenido tiempo para agradecer a mi destino, tantas veces maldecido, una y otra vez los amigos que tengo, la suerte que tengo de haber vivido lo que he vivido, de tener casi dos ciudades,dos países y uno de ellos que no se acaba nunca. La sensación de familiaridad con el entorno que ya casi no sentía ni en Madrid, la tranquilidad y la desesperación de sentir que ese monstruo contaminado y feroz fue y todavía es mi casa.
En este descomunal país todavía viven varios amigos míos. Es brutal y enternecedor ver cómo avanza la vida sin ti, cómo amontona el viento las hojas en cada rincón de esta ciudad de colonias inconexas. Esa ha sido la mejor parte del viaje, descubrir cómo la normalidad se diluye y la lenta decadencia de las generaciones y las familias en España se transforma aquí en una eterna adolescencia adictiva, dura y muy adictiva. El subidón de sobrevivir en un entorno a veces tan hostil tiene su contrapartida en lo espinoso del día a día. Desde que te levantas hasta que te acuestas la vida es un desafío, mucho más todavía si eres una mujer y vives sola: desplazarte, en moto, bici o rickshaw como hacen muchas de mis amigas para ir a trabajar es la primera de esas ordalías diarias. Te juegas la vida y ni siquiera tienes conciencia de ello; adoptas el modo indio de sumisión al destino que te otorga una tranquilidad inconcebible para los occidentales más recalcitrantes. Conseguir cualquier cosa, electricidad, internet, unas fotocopias en el trabajo, es un triunfo que tarda en llegar lo que requiere la burocracia india, toda una prueba de resistencia pasiva. La descomunal contaminación, los atascos y las enormes distancias, los cortes de luz, la nula presión del agua, cuando llega… Nada puede darse por sentado en esta ciudad y, quizás por eso se agradece infinitamente el sol, las tumbas mogolas que surgen de entre la niebla y las tinieblas de la noche deliniana, las palmeras difuminadas de Lodhi Gardens, todo lo que se ve, a cámara ultra rápida, en mis desplazamientos por la ciudad.

Copia de DSC02324Desde el momento en el que hice el transbordo en Doha para embarcar hacia Delhi sentí esa sensación de libertad salvaje que me desvincula por completo de constricciones sociales o familiares, que me desconecta por completo con mi pasado y que remonta mi biografía no más allá de 2005, el año en que llegué por primera vez a Delhi, antes de que absolutamente todo cambiara por completo, para siempre, dando a la vez sentido a muchas de mis intuiciones más absurdas.

Las vacas me seguían esperando en las playas del sur de Goa, nuevos libros, de autores que tristemente apenas se conocen aquí y que merecen otra entrada aparte, aguardaban para ser devorados, todavía recuerdo cómo se conduce una scooter y canto a voz en grito a Franco Battiato mientras me olvido de insultar a los que me adelantan sin avisar; todavía, allí, la vida parece lo que es en realidad.

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