Semblanzas: El estanquero farlopero (Tetuán de las Victorias)

 

Al poco de mudarme a este barrio, descubrí alborozada como no sólo tenía acceso a galerías de alimentación (véase mercados), rastrillo de domingos, ferreterías y demás tiendas de barrio sino también a dos estancos a tiro de piedra de mi hogar. Por cercanía, siempre elijo el del estanquero farlopero.

Las primeras veces no podía dejar de sentirme incómoda; solía verlo desquiciado, dando voces y soltando chascarrillos a todos sus clientes sin importarle si estos eran conocidos o no. A los primeros ya no les sorprendían los exabruptos de Rafi (nombre ficticio, claro), incluso a veces parecían mostrar cierta empática condescendencia. Los novatos, como yo, a veces decidían no volver más y, otras, repetir para comprobar si ese era o no un fenómeno aislado.

Lo cierto es que no siempre está tan eufórico, por supuesto también sufre unas terribles bajonas que lo dejan cabizbajo en el mostrador, sentado al lado de su pobre madre, la bondad personificada, que siempre aparece en esos momentos. Me temo que la pobre señora se hizo con el estanco para poder asegurarle un futuro a su hijo… Lo cierto es que últimamente está más tranquilo, pero las salidas de mi estanquero son completamente imprevisibles.

Un día del pasado verano salí a comprar tabaco cuando la calorina era más insufrible, a las cinco y poco de la tarde. Cuando abrí la puerta del estanco me recibió un olor a choto en descomposición absolutamente insoportable. Un grupo de seis rumanos gitanos, uno con pinta de patriarca, con bastón y traje de andrajos negros, otros dos con inequívoco aspecto de matón, y tres mujeres, dos de ellas preñadas, con cara de pocos amigos. Desconcertada y ahogada, me abrí paso entre el bizarro grupo. Rafi parecía sobrio, tenso, y comenzó a darme conversación mientras los gitanos no le quitaban ojo. Uno de ellos blandía un puñado de billetes a mi lado mientras el estanquero retrasaba con su charla, para mi desgracia, mi salida de ese lugar hediondo. Entendí entonces que el grupo esperaba un pago y que Rafi trataba de impedir quedarse a solas con la extraña familia. Cuando salí, me quedé un rato en la acera de enfrente, preocupada por lo que pudiera pasar, pero al pronto comprendí que el estanquero farlopero no era nuevo en esas lides y que, si hubiera necesitado algo, me lo hubiera hecho saber. Su mirada cómplice al despedirme fue una especie de gesto tranquilizador del que ni siquiera sé si fue consciente. Ya antes lo había visto relacionarse con gente de sospechosa apariencia y nombre carcelario tipo “El Portugués” o “El Facas”, pero nunca había percibido tan alto grado de sordidez y de tensión como el día en que los amigos de Kusturica decidieron visitar los alrededores de Plaza de Castilla.

Otras veces lo he encontrado magullado, con el brazo o la pierna escayolados, berreando en la puerta del estanco por el móvil cosas como: “Eres mi exmujer y ahora mismo quiero que vengas a chupármela”… Mi madre prefiere ir al otro estanco, claro, y eso que una vez el amigo la recibió cantando el himno de la abeja Maya…. No todo el mundo aprecia el arte del estanquero, no es para todos los públicos, desde luego, pero a mí me fía y me regala tabaco de liar para que lo pruebe y le diga mi opinión. Mi imán para los locos funciona como el primer día y, a pesar de que alguna vez suelta algún exabrupto a alguno de sus clientes, por lo general es igual de simpático con todos ellos. Todos lo conocen en el barrio y en algunos bares, claro, no lo dejan entrar.

liberalizacion-del-tabaco

Rafi se encierra en el estanco con amigos mucho más jóvenes que él y con su perra, un mastín descomunal que tiene toda la entrada al estanco sembrada de descomunales truños. A diferencia de su dueño, Maya, que así se llama, es el epítome de la paz y mira con sus comprensivos ojos de perro pachón los desvariados movimientos de su amo.

“¡¡¡¡Hola muy buenos díaaaaaaaaas!!!!!”, me espeta con voz de locutor radiofónico esta mañana mientras se abalanza sobre los estantes para darme lo mío antes de yo pedirlo. “Son twelve con sesenty”, yo me río y mientras espero el cambio él canturrea atusándose la melena de un lado a otro. El otro cliente que espera a mi lado pregunta: “¿Qué has desayunado?”, y el estanquero con voz de vuvuzela, como si fuera el estribillo de un hitazo maquinero de los 90, responde: “Migaaaaaaaaaaaaas”. No hay más preguntas, recojo los diez céntimos y mi cargamento de vicio y al despedirme me acompañan sus buenos deseos: “Pásatelo muy bien el finde, guapaaaaaaaa”.

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