Los raros II

Necesito huir de esta “post-verdad” que enmascara, con el beneplácito del Diccionario de Oxford, la gran farsa de una época en la que la mentira es el valor supremo. Pero no, no pienso hablar de nada de lo que se brama en los bares, en las comidas familiares y en los medios de desorientación. El gran topicazo lo preside todo y no quedan ganas ni fuerzas de aportar gran cosa al Libro Gordo del Cuñado Petete.

 

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Haikiñeta cedida por Amargore

Por eso me permito en mi vuelta al mundo bloguero una reivindicación de la autenticidad, la genialidad y la anormalidad, rasgos de personalidad que comparten, cada uno en cierto grado, prácticamente todas las personas con las que me relaciono a placer.

Tengo unos amigos muy raros. Ya me lo decía mi madre -que tampoco es muy normal, por lo cual me congratulo. Ninguno se salva. Con una lloro en los autobuses y en los bares cada vez que nos encontramos, por turnos, muy educadamente. Con otros tengo una relación epistolar, discontinua, pero muy sentida. Con algunos me encuentro cada quince días y entonces nos dan las 4, las 5 y las 6, entre conversaciones imposibles, tequilas y alardes de mortalidad. A otros los voy a visitar a distintos lugares del mundo donde me esperan como si me hubieran visto ayer para alimentarme con delicias del huerto en Rotterdam o papayas con turrón en Colva.

Incluso cuando creo aparentar normalidad, ahora más que nunca, no parece que engañe a nadie. Lo nuestro es como un tic que nos delata en cuanto se nos observa tres segundos seguidos. Será la mirada de locos, el ansia o la excesiva calma del gesto, esos comentarios que hieren o adulan o no importan a nadie, ese ser insufrible y adorable al mismo tiempo (y no digo que yo lo sea, ni lo uno, ni lo otro, ojo), ese deseo imposible de caer bien, o de caer mal, de necesitar ser odiado o querido, el despropósito y el descontrol, la falta de lógica que conecta a los que repelemos la normalidad por naturaleza. El estruendo, la falta de disimulo, la habilidad del avestruz para desaparecer cuando las cosas no van bien, la capacidad de quedarse en sujetador en el césped de la facultad cada vez que salía el sol o de ir con el anorak puesto incluso a riesgo de coger el sarampión en plena primavera, la excesiva falta de realismo en las expectativas, la incapacidad comercial, la habilidad inaudita de triunfar por derecho propio sin tener ni la más mínima idea de dónde se mete uno, la metedura de pata por sistema, no por maldad sino por sobredosis de estímulos, entusiasmo mal digerido o simple e innata torpeza…

Seguimos siendo grunges en un mundo de hipsters, gimnasios y centros de estética. Los pelos de Tamariz, la barba de Papá Noel (no solo por su longitud sino por la blanca nieve que de ella se desprende al mesarla), la falta de maquillaje, el rechazo al Lady Grecian, las uñas mordidas hasta el muñón (igual que se mascan los torreznos, con puro hedonismo) el renacimiento de las tripas en paralelo al universo sano, a la tiranía del vientre plano, a la sagrada comida orgánica… Todas estas muestras de aparente descuido, de presunta toxicidad según los cánones que establecen como prescriptivo el alejamiento de cualquier cosa que te resulte incómoda, comienzan a parecerme manifestaciones de auto afirmación, de regodeo en el libre albedrío, que considero imprescindibles para no sentirme oveja.

Por todo ello… va por vosotros, amigos, y también para todos aquellos que se hayan visto reconocidos. Merci por ser así…

 

 

 

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