En conciencia, Goytisolo

Tengo miedo. Llevo meses, años, lustros de autocensura y esto solo puede ir a peor. Cierto es que hace tiempo que no escribo y, no es porque no quiera o piense todo el tiempo en hacerlo, es que, como Juan Goytisolo, pienso que la escritura es un ejercicio moral y que cualquier intento de esconderse en exceso bajo la ficción, un mero ejercicio de estilo, no siempre desdeñable, pero sí, para mí, cada vez menos interesante. No puedo achacar a nada ni a nadie en concreto esta astenia, pero se confabulan las constricciones con la cantidad ingente de cosas que me gustaría decir, es probable que todas ellas inapropiadas, y, aunque creo que este blog no tiene excesiva relevancia, sí que temo que, nada más abrir la boca, ofenda a uno o varios colectivos al alimón.

Me resulta una obviedad afirmar que, como decía antes, el disimular la peculiaridad bajo el estandarte de un grupo no hace sino empobrecer, ensombrecer a quien no tiene (o no quiere) bandera bajo la que ponerse. La vida y la obra de Goytisolo, igual que la de la mayoría de los autores que me gustan, tiene ese hálito de conciencia ensimismada por incomprendida que perturba a muchos de los que lo han encumbrado a una periferia muy digna, pero de la que saben que ya no podrá salir. Me explico: Goytisolo era sabio porque había vivido mucho, diversas experiencias y en distintos lugares, y no hay más que mirar el diccionario para saber lo que en realidad se piensa en nuestra cultura de los “vividores”.

Juan-Goytisolo-Joven

Hace unos años, cuando vivía fuera, me harté de escuchar que la tortilla de patata es lo mejor del mundo, que no hay nada que se le pueda comparar a ese humilde manjar. Esa aseveración, en según qué contextos, implica un acomplejamiento muy humano y, por tanto, miserable, Solo hay que viajar un poco, despejada la mente de topicazos, para darse cuenta de que en todas partes, en casi cualquier país o continente, por atrasado que este nos resulte, se come igual de bien que en la estepa manchega. Pero nuestro humano temor, el miedo a salir de nuestro refugio, con fondos y formas conocidas, nos hace recular y reafirmarnos en nuestra ignorancia como sistema de defensa frente a los otros. Y, en este punto, de nuevo, encontramos a Goytisolo, un ser que se exilió por gusto o por obligación, según si lo miran sus contemporáneos o él mismo, y que tiene tan trilladas sus razones y tan claros sus principios que, en el documental de Imprescindibles de la 2, los enumera con timidez, sin mirar a los ojos, eludiendo la empatía de un entrevistador que ni tendrá ni aspira ya entonces a tener. La coherencia es la imposición del yo, cuestionado y pasado por el ineludible tamiz de la conciencia, y en según qué dirección te lleve puede provocar reacciones muy diversas en el entorno. En el caso de Goytisolo, supuso el abandono y la disociación total de sus orígenes, que lo lastraban (como a todos) de una manera incompatible con su ser en potencia.

Conocí La reivindicación del Conde don Julián por un amigo y, a pesar de que pasó algún tiempo hasta leerlo, en cuanto lo hice asimilé su historia, la de mi amigo, el querido caballero Alioli, a la de Goytisolo, a la de todos los que en algún momento descubrimos que, aunque el mundo es un sitio incómodo, sin miedo se vive mejor en él. Goytisolo tenía cosas muy interesantes que decir que podrían haber contribuido a ayudarnos a entender quiénes somos los españoles en realidad, es decir, de dónde venimos, y, antes de decidir qué camino tomar, a desechar las rutas trilladas, que han demostrado ser un fracaso, para poder reconciliarnos, en algún momento, con nuestra historia. Sobre todo, en la línea de otros escritores “agitadores de conciencias”, que a menudo hacen menos ruido del que cabría esperar, Goytisolo nos recordaba, en su discurso de aceptación del Premio Cervantes 2015 lo siguiente:

“Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura.”

Y, a pesar de que él lo hizo en su momento, sin que pudiera evitarse nada de lo que vino después (la corrupción del primer gobierno ilusionante de la democracia, el cerrilismo de todos los siguientes, el paro como signo de identidad de las naciones del sur de Europa, ETA, el racismo, la globalización, el neocolonialismo, el neocapitalismo a ultranza, los ghettos, el terrorismo yihadista financiado por los EEUU, el terrorismo de Al-Quaeda o el Estado islámico que ataca a EEUU y a los antiguos imperios coloniales, la posverdad, más líderes inútiles, más ovejas sin pastor, más campos de refugiados…), todavía, dos años antes de su muerte, nos recordaba que debemos hacer lo posible por ser Quijotes, aunque sea por nuestra cuenta.

Y yo, quizá por eso (y no por mi cacareada falta de tiempo, por mi desidia, por mi hedonismo o por el puro miedo del que hablaba antes, por poner una excusa) no escribía ya. ¿Hasta ahora?

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