Café con churros

La furia me inunda. Me pasa mucho, demasiado quizá. Los años no me han convertido en el ser imperturbable que aspiro a ser, es una maldición que me persigue. Hace tiempo escribí Cojón de ñu y el tema da para bastante más…

Esta mañana buscaba un sitio en el que desayunar y, a pesar de mi amor por los bares de barrio, me he sentido tentada por el terrible encanto del mundo moderno. “Good coffee here”, rezaba el cartel de la puerta. Como si no hubiéramos salido de los años 80, de los lugares en los que añadir una “s” con apóstrofe al final de un nombre propio, como Jose´s o Marivi´s, era símbolo de éxito asegurado, el anglicismo sigue aprovisionando a los locales hipsters de una clientela acomplejada que considera que cualquier cosa que venga de fuera es mejor por definición. Cruzo la puerta y me encuentro un local de diseño, es decir, muebles reciclados, mucha madera y colores pastel, espacio casi diáfano (o diagonal, como dicen los que no tienen claro el concepto) y techos altos como de loft neoyorquino. Un café cuesta 2,30, y si le añadimos dos tostadas, que cualquier abuelo engulliría de un bocado para acompañar un pincho de tortilla, el precio asciende a 3,50. Me dirijo con pavor reverencial al mostrador y saludo como quien clama en el desierto. Al otro lado de la barra, un señor, que debe considerar de buen tono no responder al “buenos días”, prepara un café con la concentración que requeriría leerse la tesis doctoral de Stephen Hawking. Solo hay dos mesas ocupadas y, en ellas, los fieles esperan con total devoción que el Señor de los cafeses les llame por su nombre para recoger su ambrosía. Después de recorrer varias veces con la mirada el surtido de galletas integrales, bizcochos glaseados y carrot cakes (llamarlo tarta de zanahoria sería una concesión impensable a los paletos del mundo) ansío más que nunca que los dos representantes del mundo orgánico al otro lado de la barra tengan a bien dirigirse a mi pedestre persona. Pero no sucede. “María Antonia”, dice mirando al cielo el Señor de los cafés sostenibles del mundo, y una señora con un aspecto tan pedestre como el mío salta como un resorte de la mesa para recoger su ecológico desayuno como quien va a recibir la Primera Comunión. Salgo de mi ensimismamiento y decido, en pleno arrebato de sentido común, abandonar ese antro de buenismo sometido sin decir ni una palabra, pero, eso sí, jurando en arameo para mis adentros.

 

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Los calendarios de los bares de barrio: un extra en franca decadencia

Con un hambre canina, descubro una churrería con un modesto cartel que así la anuncia. Ni nombre tiene siquiera. La puerta se cae a pedazos y hace un ruido del infierno cuando la traspaso. El olor a fritanga me golpea y me hace salivar de inmediato. Tras el mostrador, de espaldas, un buen hombre se afana cortando la masa de los churros dando pellizquitos, en un gesto que desde pequeña me ha fascinado. A pesar de estar tan atareado, y de espaldas, el hombre nos pide un momento para atendernos después de saludarnos con amabilidad. Me entran ganas de saltar el mostrador y abrazarlo con lágrimas en los ojos, tal es la gratitud que me inunda tras haber sido reconocida como ser humano visible y audible. En menos de treinta segundos sale otro dependiente de la trastienda y nos pregunta qué va a ser. “Porras”, dice él (no puedo soportar la palabra “pareja, ni “novio”) con los ojos desorbitados de gula. “Las que usted me diga”, responde solícito el churrero. Salimos del local con una bolsa de papel que por segundos se empapa de la bendita grasa. Cuatro porras del tamaño de las que usaron los maderos el 1 de octubre y dos churros nos han costado dos euros con veinte. Sin embargo, la felicidad que me produce el casticismo no tiene precio. A dios pongo por testigo, que siempre recordaré este momento cuando los escaparates impolutos y los panes con semillas amenacen con hacerme caer en las fullerías del hipsterismo.

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