La vocacción

No sé por dónde empezar: mil y un temas se agolpan en mi mente disputándose el primer puesto para salir a la luz. Cuando vuelvo de trabajar, en mis largos trayectos en coche, entre lunas tintadas y coches tuneados que me adelantan a 320 km/h (no soy buena: siempre les deseo en voz alta la muerte que tanto andan buscando), procuro olvidarme un rato de cómo conseguir que unos adolescentes totalmente enloquecidos se interesen por la literatura. Suele ser difícil, tardo un par de horas en desconectar de estas personillas que absorben mi tiempo y mis energías mucho más de lo que lo haría cualquier problema, mal de amores o sucedáneo.

Nunca quise ser profesora: yo quería editar libros, escribir, trabajar en un periódico… Ahora entiendo que la vocación es un concepto difuso y sobrevalorado. No sé si nunca lo tuve muy claro; lo que sí que no quería era convertirme en profesora de secundaria. Adolescente desprecio a la autoridad, supongo. Un mal que todavía padezco. Supongo que era consciente del enorme esfuerzo que eso suponía y, sobre todo, temía lo terribles que los adolescentes podíamos llegar a ser. La cuestión es que, hasta que no me fui de lectorado a la India no descubrí realmente que ser profesora, en general, era lo que más me gustaba. Al volver a España me emperré, en cualquier caso, en buscar algo en el sector editorial: ardua y frustrante tarea que me dejó con la autoestima tan baja que peor no me hubiera ido en el Burger King.

forges-educacion

Volví a la enseñanza y finalmente asumí que trabajar con gente (aunque esta se componga de terroristas en potencia, llámalos diamantes en bruto si eres cursi o pedagogo, genios que aún no se han descubierto como tales, y animalillos llenos de fuerza, inteligencia prístina y curiosidad) era mucho más estimulante que enfrentarme a tediosas jornadas en naves industriales de algún polígono, al servicio de caciques vestidos como los hombres de Harrelson y con mucha menos cultura que sus empleados.

Entrar cada día en clase y descubrir cómo mis niños han ido perfeccionando sus antiguas destrezas es algo maravilloso: se interrumpen a voces, se dan collejas por sistema, mandan al carajo al profesor de matemáticas, me desquician cuando pretenden hacer fuego frotando un boli bic mientras yo me desgañito para explicarles los diptongos… Algunos incluso han desarrollado nuevas estrategias cognitivas, tales como emitir jadeos y gemidos tipo peli porno de tercera a la menor ocasión. No se puede decir “pollo”, ni tampoco “salchicha”, ni muchísimo menos “pepino” (las versiones en inglés también están censuradas). La palabra “follaje” provoca estertores y, a veces, cuando entro en clase, descubro a dos adolescentes machos montándose encabritados mientras el resto se tira cosas, bucea entre papeles o descansa repantingado en su silla con un dedo bien sumergido en la nariz. La diversión nunca termina, pero cuando consigues que te presten atención, cuando uno te trae un cuento que ha escrito en casa, el otro te pide que le cuentes de nuevo la historia del “Dorian Gray ese” y el más repantingado de toda la clase recuerda lo que quiere decir “parodia”, la sonrisa que se me dibuja en la jeta es descomunal.

Solo la experiencia puede mostrarte cuál es el camino a seguir: nadie puede aconsejarte ni prevenirte. Muchas veces escogemos, a sabiendas, opciones  incorrectas pero que, vistas con perspectiva, reconocemos como necesarias. De hecho, son estas las decisiones que realmente contribuyen a formar nuestra personalidad y decidir, para bien o para mal, nuestro futuro.

Es difícil, pero es, sin duda, la única tarea que hoy puedo desempeñar sin sentir que se me revuelven las tripas. Es también triste saber que se podía hacer mucho más, que hay un montón de buenos profesores intentando entrar en un sistema que ni les paga como debiera, ni les respeta. Y que tampoco respeta a sus alumnos. Muy triste es también no tener los medios, ni muchas veces el apoyo, para poder llevar a cabo una de las profesiones más importantes para el desarrollo de una sociedad justa, culta y sana.

PD- Hoy hemos repetido cinco veces, en voz alta, la palabra “sinalefa”. Esperemos que mañana lo tengan más asumido…

Anuncios

Tetas fuera

No tengo ningún problema con enseñar o que me enseñen las mamellas si es que el gesto procede, pero tampoco comprendo que se siga usando como reclamo publicitario para reivindicar cualquier cosa. Sabemos que donde hay tetas, hay titular (que se lo digan a la Estrada…), no hace falta que se defienda una causa justa para ello.

Enrique_Tierno_Galvan_Susana_Estrada

Empezando por ahí, nunca he entendido la política de Femen. Creo que si lo que se pretende es escandalizar, se podía enseñar el ojete, por ejemplo, que además es asexuado, en principio. Las tetas no son ni provocación, ni novedad: son puro márketing sexista. Usar las armas del enemigo tampoco me parece redentor en ningún sentido. Creo que hay muchas asociaciones que luchan por los derechos de la mujer musulmana y, muy probablemente, de ninguna sepamos el nombre. En este sentido, recomiendo vivamente la lectura de este artículo, http://thefeministwire.com/2013/06/those-poor-muslim-women/,  escrito por un periodista afgano, en el que se trata, de forma clarividente y lúcida, de cómo nuestra visión de esas “pobre mujeres musulmanas” nos impide ver más allá de los símbolos, mientras que hay otras asociaciones, como la Tunisia Democratic Women Association (ATFD), que llevan años, muchos antes de Amina, luchando en la sombra. A los occidentales nos  pirra compadecernos de la desgracia de países que consideramos más degradados en cuanto a derechos que el nuestro. El victimismo y la caridad también son muy mediáticos, y parece que no interesa ver las cosas en su contexto: mejor sacar nuestro doble rasero, el que tenemos para juzgar las desgracias de lo que creemos que es el Tercer Mundo, y sentirnos reconciliados con nuestra democracia de escaparate (bajo la alfombra, en esos momentos, ni miramos, claro) en la que nadie es castigado por enseñar los pechos. En breve se olvidará esta preocupación nuestra con las mujeres musulmanas, igual que se olvida el hambre o la venta de armas en los países africanos, lo mismo que se desvanecen las noticias de las guerras en curso. Qué hipocresía tan atroz nos gobierna en esta era de la información…

foto prospera

Aquí es donde nos encontramos con la pescadilla que se muerde la cola: si no enseñas las tetas, no sales en los medios, de modo que, poniéndonos el reclamo publicitario como sostén y pasándonos el feminismo por el arco de Tito, nos dirigimos a una Embajada a exigir nuestros derechos y posar ante las cámaras. Siento mucho tener que decir que esto me parece pueril y retrógrado: como ya nos demostró Pussy Riot, no hace falta destetarse para salir en todos los medios de comunicación pero, como ellas no lo hicieron, siguen pudriéndose en la cárcel mientras un par de rockeros ilustres de vez en cuando se acuerdan de pedir su excarcelación. No queda bien ponerse como foto de perfil en facebook o twitter a tres tipas con una media en la cabeza, pero la de Amina, en cambio, queda francamente chic. Si además facebook nos prohíbe mostrar estas fotos, ya tenemos motivo para crear una plataforma en Change.org y dedicar nuestros esfuerzos a algo que merezca la pena. Abandonar la plataforma social ni se plantea, claro, pero…¿y las ganas de vivir que dan estas cositas?

Cojón de ñu

Cada vez salgo menos. Y cuando lo hago por los que antes era mis barrios de culto, Malasaña, Chueca, vuelvo a casa de tal mala leche que mejor hubiera sido no salir de mi Tetuán de las Victorias. La razón de mi mala baba, que en ocasiones alcanza proporciones colosales, es que cada vez llevo peor la frivolidad. Soy incapaz de observar impertérrita cómo el mercado de San Antón, en Chueca, escupe y engulle a docenas y docenas de personas por sus puertas a todas horas, cualquier día de la semana, para comprar exquisiteces tales como hamburguesa de cojón de ñu o cecina de pellejo de burra vieja, a precios que dan risa y ganas de llorar a la vez.

Se me cae el alma a los pies de pensar que la Galería de Alimentación de mi barrio lleva años sobreviviendo a duras penas. La mitad de los puestos están cerrados a pesar de que los tenderos han hecho verdaderos esfuerzos por ajustar los precios y así poder competir con el Dia de la esquina y el Mercadona de la Plaza de la Remonta; sobres de salchichón y chorizo ibérico a un euro, oiga, a buen precio y sin dar ñu por kobe. La exclusividad no puede ser global, te pongas como te pongas. Pero la estupidez parece ser que sí. Los verdaderos mercados de barrio mueren por inanición mientras que experimentos tales como el Mercado de San Antón o La Cebada suceden en el trono a mis épocas grunges de bares de viejos y locales oscuros de conciertos imposibles. Acabo de pasar la edad de Cristo y la vejez acecha.

El domingo pasado, bajando por la calle Fuencarral observé con absoluto pavor como el único bar que seguía manteniéndose en el tramo desde Tribunal a Bilbao era el Café Comercial. Todos los demás, El Corripio con sus tinajas de vino dulce y de vino seco, con su baño de la trastienda, al que solo se podía acceder cruzando al otro lado de la barra, el guarrísimo Patatús, incluso el relativamente nuevo La Divina, han perecido en los últimos diez años. Sin embargo proliferan restaurantes macrobióticos, locales donde pides la comida como en el Mac Donalds, tras hacer cola y mirar lo que te quieres comer en un luminoso, no en un mostrador, las tiendas vintage donde antes las había de segunda mano, italianos posmodernos, garitos de tapas al peso, tiendas de complementos perrunos diseñados en Escandinavia para un público selecto… No creo que ninguno dure mucho. Quizás el Mac Donalds, por aquello de la necesidad de comerse un hamburguesote mugriento tras la juerguita hipster. Curiosamente, los pocos sitios que en Malasaña han ganado clientes son esos bares de viejo que antes eran mayoría: los señores de El Chamizo se están haciendo de oro (vive dios que se lo merecen: esos torreznos de segunda tapa han salvado inmumerables vidas) y el pobre Casto, de El Palentino, ya no tiene tiempo ni de fumar porque no hace más que poner copas. Solo el éxito de estos señores consigue congraciarme, ligeramente, con el género humano.

DSC_0002

Ya solo queda esperar a que nuestros gobernantes, espoleados por las nuevas generaciones y abrumados por las firmas recogidas en change.org, se den cuenta de que Bravo Murillo es, tal y como comentaba Bimba Bosé, lo más parecido que tenemos en España al Soho neoyorquino (se nota que no se ha paseado mucho por mi querido Guarro y Cutrillo esa señora) y me lo tuneen para sacarle partido. Así, cuando vuelva de mi más que probable próximo exilio y vaya a pedirle mi sobrecito de ibérico a mi carnicero de cabecera,este me ofrecerá paté de hígado de avestruz albina y yo tendré que escapar de nuevo de este maldito país al que, desde hace unos años, prefiero recordar en la distancia. Porque vivir en diferido es muy complicado.

La edad de Cristo

DSC_1741

-“¿Edad?”- me pregunta la enfermera.

-“Veinti…Treinta y tres.”- respondo yo, dubitativa, como siempre que me hacen esa pregunta.

Me quedé estancada en los veintiocho, que es lo primero que se me viene a la mente, y mejor hubiera hecho en plantarme ahí. Desde entonces, sobre todo tras entrar en los treinta, todo el entorno que desde que era una niña me había resultado inmutable, sistemático, eterno, empezó a desvanecerse poco a poco, siguiendo el curso natural de un ciclo vital en el que para mí, la muerte era un hecho casi completamente desdeñable. Más o menos a esa edad, mi amigo Mazius inauguró lo que en los años venideros se convertiría en un rosario de muertes y desapariciones, más o menos trágicas e inesperadas, más o menos asumidas. Pero la de Mazius fue una bomba que me conmocionó profundamente y, en mayor o menor medida, fue causante de mi vuelta a España desde India, donde leí atónita ese puto, jodido mensaje que ni  esperaba ni hubiese querido leer jamás. Estando lejos, en un lugar en el que nadie había conocido a Mazius, a pesar de que dos meses antes me había asegurado que ese año sí, que ese año sí vendría a verme, sentí más que nunca que nos habían engañado, que la vida no valía nada y que ninguno éramos importantes, que si un tipo como mi amigo Mazius, tocapelotas profesional hasta para morirse, que estaba bien, al que le sobraba el pelo, que sólo tenía cinco años más que yo, podía morirse de un día para otro, sin señales, sin avisos, significaba que había sido una estúpida arrogante, implicaba que yo, hasta ese día de mierda, no había entendido lo que conllevaba crecer, crecer de verdad, sin vuelta atrás, como los niños de los cuentos de Ana María Matute: perdiendo esa maldita inocencia a la que la muerte arranca a zarpazos toda esperanza.

DSC_1749

Cuando estábamos en la facultad, hacíamos apuestas sobre quién moriría antes: si Boris Yeltsin, Gorbachov o el Papa Wojtila. Cuando vimos las imágenes de Boris, borracho como solo un presidente ruso puede estarlo, esquivando árboles con un cochecillo del que desbordaban sus rosadas carnes, las opciones parecían inclinarse por Boris pero, en cualquier caso, los dos resultaban eternos y ninguno palmó hasta años después de que termináramos la carrera. Hoy  Mijail Gorbachov parece erigirse en único superviviente, no sólo de este curioso trío, sino de toda una generación de pensadores, políticos e intelectuales que, en los años 80, sobrevolaron mi infancia y adolescencia. Tres personajes tan dispares como la Thatcher, José Luis Sampedro y Sara Montiel, murieron a principio de esta semana. Los adolescentes probablemente no sepan quién era ninguno de los tres. A lo mejor también da exactamente igual que no lo sepan. No lo sé. Y no me importa.

Ahí está la clave, ahí reside la única bondad de envejecer mentalmente: la perspectiva, el estoicismo, el “melasudatodo” que va transformando las situaciones de la vida en momentos repetidos, en réplicas diversas de alegrías y sinsabores a los que vamos enfrentándonos con más calma, aunque no siempre, y más cinismo, si nos dan las entrañas para ello.

Sin embargo hay dos cosas para las que la vejez no me ha preparado todavía: una es cuando uno de esos adolescentes, feliz en su total ignorancia, se acerca sonriente para preguntar: “Señora, ¿me daría un cigarro, por favor?”. La sangre me hierve, el odio me atenaza y lo único que sale de mi boca es un gruñido gutural (“Ngrrrrrrrrrrrroooooooooo”) que pretendo que suene juvenil. Del otro asuntillo prefiero no hablar hoy porque, como ya he dicho, no estoy preparada. Lo quiera o no, todavía creo en el poder performativo del lenguaje, es decir, que soy supersticiosa, así que no voy a matar a nadie más hoy, que bastante hemos tenido esta semana…

Madrid

Es gris. Madrid arrastra y se sobrecoge bajo el peso de las piedras que un día fueron extraídas de la Sierra para crear un monasterio y un palacio de retiro a un rey. Hoy, otros gobernantes engalanan de granito las calles y las plazas para hacer juego con las fuentes franquistas. No hay más parques que El Retiro, antiguo pabellón de caza reconvertido en pista de jogging.

También hay policías, a caballo, en moto o a pie, recorriendo las grises calles que no sé si también eran berroqueñas en los tiempos de Galdós. Anoche, influida la imaginación por la lectura del epistolario amoroso entre Emilia Pardo Bazán y el Garbancero, publicado por Carmen Bravo Villasante, descubrí a una Condesa esperando a un oficinista en la calle Palma esquina con San Bernardo. Doña Emilia aguardaba inquieta, ondulando el cuello como una gallina entre los terciopelos de la capa y las cosquillas de las pieles. Hay policías, digo, que recorren las grises calles pidiendo papeles, poniendo multas y robando las piedras que llevan muchos adolescentes en los bolsillos. Existen muchas posibilidades de perderse en esas calles si uno no las conoce bien, pero todas, siempre, desembocan en una plaza en la que poder sentarse, si calienta el sol, en un banco, también de granito o sucedáneo, a fumarse un cigarro y observar. La vida está de paso y los niños corren en círculos, ahogados por las carcajadas, sin mirar a ningún sitio, eufóricos y completamente inconscientes. Huele a comida, a sofritos de ajos y cebollas, a cocimiento de gallina y de repollo.

A los jubilados no les gustan los bancos de piedra. Son muy fríos y de eso a ellos les sobra en los huesos. El viento del Guadarrama corta el granito y enloquece a los que viven entre coches y piedras. El cielo es profundamente azul y el viento es blanco. Al cielo miran las piedras, porque sin él la vida no tendría sentido. Las nubes son perfectas, complejas, extrañamente enmarañadas. Bajo este cielo y esta luz la gente se arremolina con botellas atrapadas entre los dedos en torno a los bares, sin atreverse a entrar, discutiendo casi siempre, riéndose o asediando al camarero para que no le cobre a ese otro señor: “Esta la pago yo”.

Entre el cielo y el suelo, gris y azul, están los balcones con barandilla de hierro forjado. Cuelgan frecuentemente de estos balcones geranios, margaritas y claveles chinos. A veces cae el agua de las regaderas que, por rutina, accidente o traición, puede llegar a acertar en la cabeza de un transeúnte o algún borracho escandaloso.

Más cerca del gris, en los portales, por las noches, se siguen recogiendo amantes y adictos para resguardarse del viento blanco y darse calor y azul, como dice la canción de Antonio Vega. Quizás no recuerde exactamente la letra, pero sé lo que quería decir ese poeta vagabundo.

En los bares también se pueden tomar café o té, con churros o bollos, y orujos o pacharanes. A veces todavía hay tertulias y ahora los parados pasan la mañana mirando la televisión para mantener la cabeza vacía, con una sola consumición, en esas mesas donde una vez hubo escritores bohemios dejándose caer sobre el ángulo que forman la pluma y el papel enmohecido.

La idiosincrasia del filólogo

Soy española. Es una decisión que yo no he tomado pero que forma parte de mi idiosincrasia, de mi esencia identitaria si es que tal cursilada existe. Eso, hace unos años, cuando yo llegué a la India por ejemplo y la crisis era sólo un nubarrón en el horizonte, ser español, era casi siempre un punto a favor (“¿Española? ¡Fiesta, toros, paella, Madrid, El Prado!”). Ahora sin embargo, lo tengo comprobado, en cuanto tu acento delata tu procedencia, la gente da un paso atrás (“Spanish, right?”), desconfiada, como si les fueras a quitar la cartera o a pedir un préstamo. Me da la triste impresión de que volvemos a representar en el imaginario de los tópicos sobre los españolitos el archimanido y gris aguafuerte de lo sombrío, de lo decadente, de lo irremediablemente caduco. Cada uno carga con su dosis de complejos, de etiquetas y de categorías, muchas impuestas y otras elegidas, aderezadas con un número variable de virtudes y defectos que podemos favorecer o disimular. Lo de ser español resulta ahora mismo un punto negro difícil de maquillar por mucho estuco que le pongas…

Ahora bien, ser filóloga, hispánica para más inri, implica tomar una decisión y mantenerla a lo largo de cinco años que en nada van a mejorar el panorama laboral para los humanistas. Estudiar filología hispánica en 1997 ya era un suicidio laboral pero, sin embargo, creo que nunca me planteé en serio matricularme en ninguna otra carrera: siempre me ha costado infinito comprender las cosas que no me interesan. Mi cuerpo y mi mente reniegan del garrafón y del pragmatismo sin cortapisas. No me importa nada pertenecer a una especie en extinción: creo firmemente que, como buenos raros, somos, y cada vez más urgentemente, necesarios para una sociedad  famélica de educación y de cultura, de fe más allá de San Google y el nuevo Pope, de fe en un futuro al que algunos no pensamos renunciar por muy cuesta arriba que se nos ponga.

No me arrepiento de nada, rien de rien. Es más, llevo un par de años estudiando el Grado en Estudios Ingleses por la UNED para completar una formación que, lejos de parecerme inútil, me produce enormes satisfacciones aunque, a la vez, también suscita miradas de perplejidad y preguntas diversas, de índole práctica en la mayoría de los casos, en conocidos y familiares. En otros países,  me refiero por ejemplo al mundo anglosajón, el haber estudiado Literatura, Historia, Arte, no supone un menoscabo en la consideración social o laboral de los licenciados. A menudo éstos pueden acceder a diversos ámbitos laborales,  no siempre directamente relacionados con sus áreas de estudio: sus posibilidades, lejos de limitarse a la docencia o a la investigación, pueden abarcar diversas áreas ya que muchas empresas, públicas y privadas, consideran que la formación en Humanidades enriquece el perfil del candidato. En España, sin embargo, lo de estudiar nunca ha estado bien visto. En el colegio, en las clases de inglés, en cuanto alguien pronunciaba “How do you do?” de una manera afín a las normas de la fonética inglesa, firmaba su sentencia de pringadez de por vida. La mediocridad del “Jauduyuduuuú?” se imponía por goleada, y no porque no supiésemos pronunciarlo bien, sino porque existe en nuestro país una tendencia a mantener la mediocridad a toda costa, una especie de miedo irracional a la cultura, a las citas literarias, a la corrección lingüística, que muchas veces se toma por excentricidad, locura o vana estupidez. Ese miedo a los libros, representado magistralmente en la quema de la biblioteca de Alonso Quijano, ha quedado de alguna manera impregnado en el subconsciente colectivo. Y en los chistes de Forges… Que Jehová le otorgue larga vida y lo bendiga eternamente por llevar tantos años mostrándonos a diario nuestra vil y alegre idiosincrasia. Con ternura. Sin piedad.

Forges Presidente

Forges Presidente

Próspera y la mujer trabajadora

Próspera ha estado aturdida estas dos semanas. Las noticias se parecen cada vez más a un capítulo de Los Soprano, serie esta que absorbe mi tiempo en una etapa, breve pero intensa, de cuestionamiento global.

Disculpad mi lenguaje, pero acabo de empezar un curso de “community manager” y comienzo a interiorizar esa jerigonza absurda para denominar conceptos bastante simples a los que algunos listos quieren sacar desproporcionada rentabilidad. Sí, amigos, claudico porque sin títulos uno no es nada y ya no es suficiente con la carrera universitaria: necesitas másters, cursos de actualización, de community manager, de microblogger, de escritor creativo… No sé si me imagino a Shakespeare, a Cervantes y a otros escritores autodidactas acudiendo a un máster del universo/curso del paro para actualizar sus conocimientos. No lo veo, por mucho que me empeñe, no lo veo… En cualquier caso, con tal de encontrar un trabajo ya hago lo que sea; incluso seguir pagando cursos para que me dejen cotizar. La crisis, el paro y la creciente titulitis (derivada de la necesidad de tener más títulos compulsados que tus 5 millones y pico de competidores) hacen que las zancadillas, el mal ambiente laboral y los sueldos irrisorios predominen. Nuestro mercado laboral es una versión 2.0 de los mercados de esclavos. Sí, lo que la mayoría de la gente se juega es un sueldo de mileurista en unas condiciones de trabajo cada vez más deplorables -contratos temporales, y eso en el mejor de los casos, horarios descabellados sin cobrar horas extras, ERES, despidos procedentes o no, imposibilidad de trabajar en tu especialidad, una edad de jubilación cada vez más cerca de la luz al final del túnel- para poder pagar una hipoteca y tener una casa bajo la que refugiarse del temporal justo antes del último desalojo. Y, sin embargo, quiero trabajar (aunque lo que mi padre quiere, iluso, es que cotice…)

imgres

Hace algunas entradas me manifestaba hasta la peineta; ahora resulta que “hacer una peineta” quiere decir sacar el finger o, leyendo entre líneas, mandar a alguien a tomar por el culo. Bárcenas también requiere de una jerga específica, de eso no cabe ninguna duda. Y Cospedal, de un intérprete pero ya. Y Rajoy…¿dónde coño está Rajoy? ¿Cómo es posible que nos gobierne una secta de mafiosos y se imponga la omertá? Barra libre de peinetas…

Próspera hasta la peineta

Mira que ya decía yo que el 2013 no traía nada bueno. Que se lo digan a Mariano, ese señor que nunca debió salir del casino de Santiago de Compostela en el que yo lo imagino desmelenándose, dejando por un rato sus grises oposiciones a registrador de la propiedad para echarse una brisca, si se sentía especialmente osado quizás un mus con copa y puro… En fin, sobrecogedora imagen que nos lleva al bochorno internacional que este señor, líder de una panda de caciquillos, consumidores de gomina a espuertas, devotas de la mantilla y aprendices de señoritos sin ninguna capacidad dialéctica, está protagonizando estos días. Es el sainete más lamentable ofrecido en tiempos recientes. Zapatero pasará a la historia como un presidente serio al lado de este señor: con eso lo he dicho ya todo.

Pero aún hay más: la sed de venganza me bulle, irracional, esófago arriba, la violencia más virulenta, barriobajera e instintiva me recorre sin cesar dejándome exhausta mientras aporreo con saña las teclas para darle un poco de salida a tanta agresividad tan mal contenida. Y es que sólo quiero matar, sabiendo que no debo, que debería ser racional y proponer algo constructivo,sólo deseo que alguien pague de una buena vez por todo este sin sentido.

Maurizio Cattelan

Es muy infantil, lo sé y no me importa: si la rabia no saliera de alguna manera pensaría que ya lo han conseguido, que estoy completamente muerta, que no sólo soy racional sino que además ni siento ni padezco. Tras la caída del rey en Botswana, los casos de corrupción de Camps, del Duque de los Cojones, de la Infantonta, los artículos a 3000 los llevo de Amy Martin-aka mujer del Renacimiento: manda huevos-,  la inhabilitación de Garzón (¿dónde hay un juez ahora que se atreva a hincarle los dientes a los políticos, independientemente del partido que sean?), después de haber sufrido paro, subida de IVA, subida de luz, exilios involuntarios, abandono masivo de amigos de la ciudad, del país, casi del mapa, empleo precario, indiferencia total por parte del país, por no hablar de los políticos, centrados en sus resultados electorales sin más, desvinculados por completo de la realidad social, pagando por un menú en el Congreso lo mismo que fijan por ley que debe abonar un niño por llevar su propia comida al colegio, hasta que, uno a uno, todos los sectores del país han sido torpedeados por el salvajismo del paro y los recortes…. Después de todo este rosario de demencias y desgracias supongo que lo normal sería dejarse llevar por el total escepticismo que yo, por otra parte, practico siempre que puedo y, de ahí, pasar sin transición al nihilismo más pesimista y total, a la indiferencia, al pasotismo.

Sin embargo, yo que una vez me matriculé (aunque no asistiera jamás a clase, de lo cual me arrepiento infinitamente) en una asignatura llamada Nihilismo y Acción, propongo que nos rebelemos ante tanta decadencia moral y humana, que protestemos, que salgamos a la calle, que replanteemos de una vez la Constitución, que los militantes de los partidos políticos fuercen una reestructuración de las cúpulas de los principales partidos políticos en España, que aprovechen y hagan un ERE para jubilar a esos señores que llevan chupando del frasco desde la tan cacareada Transición, a esos que, ya emputecidos y corruptos por el paso de los años,  nos han llevado a este descalabro monumental del que sólo nos va a sacar , si es que algo puede salvarnos, la presión ciudadana a escala global, organizada, y, si se pudiera, en el marco de la legalidad vigente. Ahora sí que sí, no como indignados, ni como peperos ni como sociatas ni como perroflautas, sino sencillamente como ciudadanos, como animales -políticos o no-, como seres pensantes que somos, debemos tomar las riendas de nuestra vida y de nuestro futuro y exigir responsabilidades penales a todo aquel que haya podido enriquecerse de forma espúrea a costa de sus posiciones de poder.

Próspera y los ismos

Es curioso como el lema de caballo grande, ande o no ande, puede aplicarse a casi todo. Siempre vamos a los bares donde nos ponen la tapa más desbordante. Recuerdo, y todavía me dan arcadas, un lugar llamado El Boñar, situado por Plaza de España, no creo que siga abierto ya, al que acudíamos en los tiempos de la facultad. El bar-restaurante estaba siempre atestado de gente que acudía en masa al reclamo de unos platos soperos repletos de paella, garbanzos y trozos de morcilla y de tocino, todo ello junto, a la remanguillé, barra libre de sobras, y de las cañas baratas de mahou. Ojo, que yo soy extremadamente fan de los bares guarros, de las casi extintas cáscaras de gamba en el suelo y de la gruesa capa de grasa incrustada en la barra de formica (me costó dejar de decir fornica…) pero creo que en ese lugar no pude jamás ni probar esos panchitos que los aguerridos miembros del Club Deportivo de la Facultad devoraban con fruición.

La cantidad en nuestro país siempre se ha apreciado más que la calidad pero lo interesante es cómo ese carácter ostentoso y acaparador se muestra incluso en el lenguaje. Desde hace años percibo cómo palabras antes desconocidas, diría incluso que incorrectas, campan a sus anchas en periódicos y telediarios: explosionar, visionar (para referirse a una película), concretizar, islamista e hinduista (para referirse a devotos del Islam o el hinduismo)… Por puritita analogía, concluyo (y esto sin abrir el diccionario de la RAE, que cada vez me resulta más inútil) que en castellano nadie diría “Rouco Varela es un buen cristianista” o “mira qué bonita es La Alhambra, ese ilustre edificio islamista”.

Pero seamos rigurosos y acudamos a la RAE que, cual Fairy milagroso, “limpia, abrillanta y da esplendor”. Según el susodicho diccionario, “islamista” es “aquel perteneciente o relativo al integrismo musulmán”, lo cual marcaría una diferencia con el uso de “musulmán”,  que siempre se refiere a los que “profesan la religión de Mahoma”, es decir, el Islam. Hasta ahí, bien. Sin embargo, en el caso de “hinduista” no se menciona el fanatismo, y sí la característica del que profesa la religión del hinduismo. Y, para terminar de no arreglar la cuestión, si uno acude de nuevo al truño de la RAE para buscar la palabra “hindú”, uno encuentra que esta palabra puede referirse a los nacidos en la India, a los que profesan la religión del hinduismo y también a los partidarios (????) del hinduismo. Con lo fácil que sería, como en inglés, decir que a los naturales del país se les llama indios, a los seguidores de la religión hindú, hindúes ,y a los fanáticos del hinduismo, que los hay (como el BJP, partido político culpable probado de la matanza de musulmanes en Gujarat en 2002), hinduístas.La cuestión es ponerle unas letras de más, a veces sólo una sílaba, algo que le dé más empaque a tu discurso, un quiebro de novedad con el que poder demostrar una y otra vez que sabes más, que tienes más, que puedes sacar la palabra más larga. Porqué no podremos ver tranquilamente una película, concretar los detalles de un sarao literario y luego explotar de alegría al comprobar que en Ahmedabad hindúes y musulmanes por fin han dejado de sacarse los cuchillos para sentarse a la misma mesa y usar las manos para comer.

También es verdad que Próspera tiende al acaparamiento, sobre todo en ciertos momentos de ansia viva en ocasiones producida por fenómenos de histeria colectiva tales como esperar en una cola para entrar en un discotecorro -te lanzas a la barra como si no hubiera mañana una vez que te propulsan dentro unos señores muy desagradables- repartirse el botín de la piñata o comerte con tu hermana unos berberechos. Por eso he de decir, para zanjar este asunto (que no tema) que hablo con conocimiento de causa (que no desde el cariño) a causa del regomeyo insufrible que me produce leer, cada día, la prensa de este bendito país.

Los falsos principios

Ha empezado otro año. 2013. No suena mal, pero me temo que se avecina lo peor. Las Navidades han sido más tristes de lo acostumbrado. La gente cada vez habla menos en el metro, cada vez hace más frío, no hay fuerzas ni para protestar. Se nota enseguida si vienes de fuera: estamos perdiendo lo poco que nos quedaba de gracia.

En la India también han pasado unas navidades moviditas. La salvaje violación en grupo de una chica joven en Nueva Delhi ha provocado una respuesta social inaudita en el contexto indio, ese mismo en el que constantemente (para los amantes de las estadísticas las hay de lo más atroces) se cometen crímenes de violencia contra las mujeres sin que nadie, menos que nadie la policía, levante un dedo.

En la India, ese lugar del que decir cualquier cosa es casi tan estúpido como decir la contraria, el nivel de corrupción es todavía más elevado que en España (creo que también para esto hay un ránking y, hace unos años, mis alumnos de la JNU, emocionados, vinieron a comunicarme que España solo andaba un par de puestos por debajo de la India en el podio de la ignominia) y eso supone que muchos casos de asesinatos o violaciones no hayan sido jamás investigados por haberse visto involucrados en ellos políticos, actores, miembros de la propia policía o familias con los suficientes medios como para sobornar a las fuerzas vivas.

¿Por qué en esta ocasión ha salido la gente a la calle reclamando mayoritariamente la pena de muerte para los violadores o, en el mejor de los casos, la castración para los culpables? No sé si quiero tirarme al fango e intentar responder a esta pregunta; por una parte me alegro de que un asunto tan espinoso y a la vez tan tabú en la prensa india haya salido a la palestra: la situación de las mujeres indias, en el campo y  en la ciudad, es en muchísimos casos terrible y esto sucede porque la incorporación de las jóvenes a la universidad y a trabajos en grandes empresas implica importantes cambios en la mentalidad de la sociedad, cambios que muchos hombres indios todavía no han querido o sabido digerir. Publicaciones valientes como Tehelka, una revista que lleva años destapando los casos de violencia y de corrupción que asolan la India de norte a sur, sí que han puesto su granito de arena en el necesario proceso de desmitificación y concienciación, de creación de una verdadera democracia laica y sin miedo que este país necesita urgentemente. La publicidad (que presenta como modelo de mujer a una mujer más blanca que yo y con los ojos azules), las películas de Bollywood (donde siempre hay alguna que otra ostieja para la sufrida heroína), la religión (que, sea hindú, musulmana o sij, las presenta como diosas protectoras del hogar y servidoras del hombre, receptoras de todos los sufrimientos) y la falta de educación y concienciación al respecto son en gran parte culpables de que las mujeres trabajadoras, independientes y libres lo tengan bastante difícil en según qué entornos de la sociedad india.

Por esta razón, para intentar concienciar a los diferentes sectores de la sociedad, todos los años un grupo de mujeres recorren Nueva Delhi reclamando su derecho a llevar la ropa que deseen sin temor a ser agredidas verbal o sexualmente. Pasean por el metro y por los autobuses bajo el lema de “SlutWalk”, desconcertando a una población poco acostumbrada a protestas de esta naturaleza.Protestas-en-India La educación sexual, el sexo, es uno de los grandes tabúes en el tan cacareado país del Kamasutra. Tampoco quiero tirarme a la piscina, pero si al victorianismo de la época inglesa, le añadimos la estricta división por sexos desde el colegio, la consiguiente falta de naturalidad en el contacto entre hombres y mujeres, y los matrimonios arreglados, creo que ya tenemos bastante represión como para favorecer ciertas conductas enfermas. Y esto nos lleva a la segunda cuestión importante y a un grado mayor de enfangamiento: ¿verdaderamente se necesitan políticas aún más represivas para defender a las mujeres? ¿Solo el miedo a la muerte o a la castración pueden evitar este tipo de delitos? ¿No sería mejor intentar dejar de presentar a la mujer como un ser débil necesitado de protección y mostrarla como un ser humano igual en derechos y obligaciones a los hombres?

La India, igual que España, se ha creído, jaleada por las proclamas de políticos y medios, mejor de lo que era y, como en España, ha empezado por hacer centros comerciales y pisos con jacuzzi antes que por educar al pueblo y civilizar a los políticos. Ni en la India ni en España se han atrevido a dar los pasos más elementales para el verdadero progreso de un país: ni se han deshecho del lastre religioso, ni han puesto fin a caciquismos atávicos, ni le han dado la importancia debida a la educación, no sólo en las escuelas, sino a todos los niveles. La interiorización de los principios democráticos por parte de todos los habitantes de un país tan complejo no es cuestión baladí.

En cualquier caso, es sintomático que la gente salga a la calle, que haya nuevas generaciones dispuestas a molestarse en protestar y en luchar contra un sistema injusto. Los cambios importantes suelen venir desde abajo. Por eso espero que entre todos esos manifestantes que reclaman justicia en Madrid no haya ni uno solo que haya defraudado a la Seguridad Social pidiéndose la baja para irse de vacaciones unos días a Benidorm, que entre toda esa gente que salía a la calle en Nueva Delhi no hubiera ni un solo hombre que le haya arrimado la cebolleta a una chica en un autobús por la noche o aprovechando la confusión entre la multitud.

Siempre me acuerdo de un cuento de Quim Monzó, aunque desgraciadamente no de su título, en el que un grupo de gente enfurecida persigue a un hombre que ha atropellado a una vieja en la calle. El grupo se va haciendo cada vez más grande, la mayoría no han visto lo que ha sucedido pero todos, incluido el verdadero culpable del atropello, persiguen al presunto homicida, indignados por su falta de humanidad y dispuestos a tomarse la justicia por su mano al grito de “A por el hijoputa”. Por supuesto, todo termina con el linchamiento del pobre desgraciado y con una multitud feliz, comiendo perdiz, de vuelta a casa con la satisfacción de haber hecho lo correcto.

Esperemos que hacer lo correcto no implique matar a nadie. Esperemos saber discernir qué es lo correcto. Esperemos que todo el mundo, gobiernos, políticos y ciudadanos, sepa, con certeza, qué es lo correcto. ¿Será posible? Que no nos pase ná….