Los cuervos

Babar Road, Septiembre, 2007.

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Old Delhi por la tarde

llaman a la oración

y un árbol pelado se recorta

contra un cielo gris de guerra

en retorcidos escorzos minimalistas

y aloja alternativamente

entre sus escuálidas ramas

góticos cuervos de mirada perdida

en el mal infinito.

Su boca abierta me recuerda

mi propio asombro: identifico,

claramente, la soledad y el pozo

de este miedo atávico

que tantos otros desde hace siglos

han sentido correr hacia dentro

al ritmo del eco sordo del muecín.

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The Holy Cross

Procesión en Santa Cruz

Procesión en Santa Cruz

The house and the body, cold, outside the siesta of La Mancha, the heat and the death of the dogs.  Air is stale.  Blood is still.  Life has stopped.  I relapse, stubborn, twisted and redundant.  I twist souls as if they were springs.  They break, stretch and jump.

Imperial gold over purple of holy passion, fringe, knows it all of death or of those who don’t know, those that couldn’t be, fatum as time goes by….  Behind the white walls, of fear a meter thick, decadent interiors, superimposed decades, generations of pictures that accumulate patina, sadness and distinction, I have seen it, they change from day to night, dolls and Christs with blue eyes, stunning, empty, porcelain bowls surrounded by real eye lashes, dead lashes in the eyes of Mariquita Pérez.

Outside, the shutters drawn, green shutters dulled by the sun, brownish ochre sometimes, that are hung over balconies concealing the interior.  One lonely town, deserted below the sun and a sky open like a well, deserted like the end, neither dead nor alive behind the shutters.

Inside the calm and the shadow, the naphthalene, the black and white photos, the routine of the awnings, of watering and hanging up the clothes, thistles, geraniums, grapevines, tiles and roof tops in the horizon, sparrows and bats, cats on the roof tops. The plum tree and the boredom, the anguish of Bernarda’s daughters, the black dresses, and subsequently grey, stored in closets and chests, the sparrow and bats flying over the roof tops, equilateral triangle of superimposed and broken tiles.  I draw geometric constellation, hippogriff and fig trees while Latin sounds and the church bell moves to and fro against the clapper.

In the house there are dead and a cave, and a kitchen where before there was a laundry, beds where there were torture tables, numbers inscribed over walls that show rural scenes that remind of Novecento, earth ware jars full of phantoms and more dead, oil and wine and dead, breezes in the gallery, perplexed dolls with eye lashes of the dead and little girls underwear, crosses, missals, prints and a picture of Franco.

Souls like springs playing the piano with clumsiness and hopelessness, the lute and catechism, souls like sad springs, punished for jumping, the laughter and the dead, the chambers, the rats, the salamander, the boys and the dead; blood semen sweat and placenta, fluids and breezes of the house.  Inside, after the phantasmagoric shadows are projected by the lights of the cars, behind the stabbings of the shutters, on the other side, the outside, where nothing ever happens because nothing can happen.

Inside the nightmare, the creak of the doors and the heroic fear of children, always in silence, the eyes fixed on the eyes of the crucified baby Jesus, smiling and victorious, the claws of the trees and the wailing of cats that breed on the roof tops, by the shadow of the chimney and the bats that plan prophetic suicides and blind to the fatum of the unborn, as time goes by…

The shop windows, trunks and galleries, braziers and ash, the dead, the moth and mythological spiders of immense robotic legs, the salamander on the wall, the rat in the chamber and the closet, inside and out contaminated, the patina and the sun, symbiosis ars natura stopped by a white wall a meter thick and more over by shutters suspended over cast iron railing, like the rim of the well.

Outside the suicides hang in the sun, from the branch of the evergreen oak, olive or fig tree; inside amongst the sea of wheat it is not easy to find a tree.

Inside, the drawer, in the closet, folded the flag awaits.

(Poem by María López (https://prosperayloselefantes.wordpress.com/2013/01/25/la-santa-cruz/) translated by my good friend Zachary Payne)

Kolkata

Calcuta 2006

La telequinesia motiva

a los objetos pequeños

que vuelan en círculos concéntricos

en torno a ti.

El vuelo ascendente del polvo

y el hedor de la supervivencia,

la mirada alucinada,

la boca abierta de asombro

de varios cuervos apostados

en hilera sobre una verja oxidada,

todo parece confabularse para ser ajeno.

Sin embargo….

floto, vuelo, paso arrastrando los pies

por entre la gente y la mierda,

la mirada perdida,

la mente oníricamente despierta,

melancólica y feliz,

transcurriendo, río,

como el absurdo.

La insomne agonista

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Vacas, piojos como elefantes y la sorpresa

otra vez bailando en el fondo del ojo,

picoteándome con una curiosidad plácida y penetrante,

resumiendo en imágenes el absurdo de cualquier existencia.

Las estaciones han pasado de una a otra

bailando con los espíritus de nosotros,

habitantes que sufrimos, en esta ciudad sin mar

receptora impasible un día tras otro

de cientos de espíritus en su seno

que pronto devorará con el amor y la precisión

propias de una cruel reina abeja, de una funesta

mantis religiosa disfrazada de emperatriz mogola:

aquí los cuerpos de los muertos

son los únicos que no ocupan espacio.

Las danzas de los vivos entre tanto

irán encaminadas a jugar a escapar de la nada

concentrando sus esfuerzos entre los ojos semicerrados,

ansiosos de regresar a dudosos paraísos artificiales

surgidos de las entrañas de esta ciudad artera, al sueño

traficante de penas negras y flores de todos los colores,

acelerando al ritmo del ruido incensante, bajo un cielo

ceniza sobre fondo de espanto, para luego retomar

el paso que impone la noche a los fantasmas

que habitamos en esta ciudad lejos del mar

en la que tras la desgracia a veces ocurren milagros

probablemente propiciados por los cambios

experimentados por la indiferente luna

que crece y decrece apareciendo en ángulos inesperados…

En medio de la carretera

siguen las fieras aullando

desesperadas por delimitar fronteras

entre la jungla y el asfalto.

Nadi Kinare

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Llovía en Delhi esta mañana

como si fuera invierno

y estuviéramos en Europa.

Los repartidores de leche y

los guardias de seguridad

de la universidad

se liaban la manta a la cabeza

igual de sometidos

al calor y al frío

en esta ciudad nadi kinare

que no se apiada ni del paisaje.

Empezaba a levantarse

la niebla

cuando dejamos a un lado Rajghat.

Diversos medios de transporte

se abalanzaban a las carreteras

estoicos y suicidas a un tiempo,

algunos rickshaws

(en dirección contraria

al viento)

se jugaban la vida

en los umbrales de calles

arrasadas de lodo,

agujereado el suelo

por las muletas renqueantes

de los tullidos que piden

en los semáforos.

Los niños, a las seis de la mañana,

ya están jugando, crueles,

a la vida,

La jungla que nos desampara

está más verde y jugosa que nunca.

Ya se ha hecho de día

y no para de llover en Delhi;

me apena irme justo ahora

que la ciudad se quita el disfraz

de cortesana mentirosa

para mostrar su desvalida inadaptación

a los tiempos que corren.

La santa cruz

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La casa y el cuerpo fríos, fuera la siesta de La Mancha, el calor y la muerte de los perros. No corre el aire. No corre la sangre. No corre la vida. Reincido, me empecino, retorcida y redundante. Retuerzo almas como si fueran muelles. Se rompen, se estiran y saltan.

Dorado real sobre morado de pasión santa, flecos, resabios de muertos o de los que no supieron, no pudieron llegar a ser, fatum as time goes by…

Tras los muros blancos, de medio metro de grosor, interiores decadentes, décadas superpuestas, generaciones de cuadros que acumulan pátina, tristeza y distinción, yo lo he visto, cambian de la noche al día, muñecas y Cristos con los ojos azules, saltones, vacíos, rodeadas las cuencas de porcelana de pestañas de verdad, pestañas de muerto en los ojos de la Mariquita Pérez.

Fuera, las persianas echadas, persianas verde desvaído por el sol, marrón ocre a veces, que se tienden por encima de los balcones encubriendo el interior. Un pueblo solo, desierto bajo el sol y un cielo abierto como un pozo, desierto como el fin, ni vivos ni muertos tras las persianas.

Dentro el fresco y la sombra, la naftalina, las fotos en blanco y negro, la rutina de los toldos, de regar y tender la ropa, cardos, geranios y parras, tejas y tejados en el horizonte, gorriones y murciélagos, gatos sobre los tejados. El ciruelo y el tedio, la angustia de las hijas de Bernarda, los vestidos negros y luego grises guardados en armarios y arcones, los gorriones y los murciélagos sobrevolando los tejados, triángulo equilátero de tejas superpuestas y rotas. Dibujo constelaciones geométricas, hipogrifos e higueras mientras suenan latines y se balancea contra el badajo la campana de la iglesia.

En la casa hay muertos y cueva, y cocina donde antes había un lavadero, camas donde había mesas de tortura, números inscritos sobre los frescos  que muestran escenas campestres que recuerdan a Novecento, tinajas llenas de fantasmas y más muertos, aceite y vino y muertos, brisas en la galería, muñecos perplejos con pestañas de muerto y ropa interior de niña, cruces, misales, estampas y una foto de Franco.

Almas como muelles tecleando el piano con torpeza y desesperación, el laúd y la catequesis, almas como muelles tristes, castigadas por saltar, las risas y los muertos, las cámaras, los ratones, las salamandras, los niños y los muertos; sangre semen sudor y placenta, fluidos y brisas de la casa. Dentro, tras las fantasmagóricas sombras proyectadas por los faros de los coches, al otro lado, tras las puñaladas de las persianas, fuera, donde nunca pasa nada porque nada puede pasar.

Dentro la pesadilla, el crujir de puertas y el miedo heroico de los niños, siempre en silencio, los ojos clavados en los ojos del niño Jesús crucificado, sonriente y vencedor, las garras de los árboles y los gemidos de los gatos que se aparean sobre los tejados, a la sombra de la chimenea y los murciélagos que planean suicidas agoreros y ciegos sobre el fatum del nonato, as time goes by… Los aparadores, baúles y galerías, braseros y cenizas, los muertos, las polillas y arañas mitológicas de patas robóticas inmensas, la salamandra en la pared, el ratón en las cámaras y el armario, dentro y fuera contaminados, la pátina y el sol, simbiosis ars-natura impedida por un muro blanco de medio metro de grosor y más persianas suspendidas sobre barandillas de hierro forjado, como el brocal del pozo.

Fuera los suicidas se cuelgan al sol, de rama de encina, olivo o higuera; dentro entre el mar de trigo no es fácil encontrar un árbol.

Dentro, en el cajón, en el armario, doblada, aguarda la bandera.