De Ruskin Bond y las ovejas negras

Portada de Delhi no está lejos, cortesía de Editorial Automática

Portada de Delhi no está lejos, diseñada por Álvaro Pérez d’Ors

Conocí a Ruskin Bond un día de invierno en las estribaciones de los Himalayas. Yo huía de Delhi, decadente emperatriz que me atenazaba, feroz, en sus garras, hacia Mussoorie, pueblecito de montaña plagado de internados ingleses para niños bien, herencia de los tiempos del Raj, y hoteles y restaurantes dedicados al turismo local. En Delhi había oído hablar de Ruskin Bond y, poco después, alguien en cuyo gusto literario confiaba y que por entonces me guiaba a trompicones en mis descubrimientos indios, me regaló sus obras completas. Empecé con Delhi is not far y quedé fascinada por esta historia mínima, muy compleja en su sencillez, cargada de compasión cervantina hacia unos personajes también pequeños, desconocidos quizás para el gran público europeo y característicos, que no prototípicos, del variopinto y caótico mundo que entonces me rodeaba.

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