Escoger lo difícil

Acabo de ver un documental sobre Gloria Fuertes (http://bit.ly/1oqhWQw) que, verdaderamente, me ha venido de perlas, al pelo, cojonudamente. “Eñe de mierda o eñe de niño, que somos todos”, uno tras otro, sus versos, sobre todo sus versos más de verdad, los de mujer, no los de niños, han ido quitándole grisura al día. Mierda y niños, dos cosas que a lo largo del día han ocupado mis pensamientos. Aclaro que no padezco ningún tipo de trastorno intestinal, ni por exceso, ni por defecto; por el momento sólo la tos del fumador, de la que me hago enteramente responsable, me aflige. Su capacidad para conseguir que se me curve en la cara una sonrisa dudosa, en un día tan escatológico y juvenil, me resulta apabullante; no puedo comprender cómo, aunque escribió “Nací para poeta o para muerto,/escogí lo difícil”, los versos de la postista, tan valientes, tan puros, han podido caer en el olvido.

Como casi siempre que uno es distinto en este país de eñe, Gloria Fuertes ha sido convenientemente encorsetada y etiquetada, en este caso como autora de libros infantiles, a pesar de ser una de las poetas más excelentes que dio este país en los machacones años de la larguísima posguerra española. Extraña en el vestir, revestida de su propia coherencia, resulta todavía una figura estomagante para algunos que sólo recuerdan la parodia de Millán en algún programa de fin de año, allá a finales de los 80 (adjunto link, que no se diga: http://bit.ly/1g1SevC ). Sin embargo su aspecto y su mirada transmiten la tranquilidad de quien sólo se debe cuentas a sí mismo.

ImagenHacía tiempo que no me acordaba de ella, a pesar de que, en mis años de carrera, suyo fue el único poema que se me ocurrió escribir sobre el muro con el que tapiaron la cafetería de nuestra facultad, ¡oh día aciago!. Era uno de sus geniales”Autobios”:

Yo de adolescente era muy rara.

Cuando hacía la mayonesa con el periodo

se me cortaba,

la mayonesa, no la regla

No es de los mejores, lo reconozco, pero tiene esa esencia brutal, esa pureza de las cosas que se manifiestan a lo bestia; abierta en canal, sincera y sola como ella sola, la poeta recurre al humor, que no a la sátira, para no quebrarse en un mundo que ni la entendía ni podía entenderla. Escoger lo difícil, ¿quién dijo que fuera fácil?

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Tetas fuera

No tengo ningún problema con enseñar o que me enseñen las mamellas si es que el gesto procede, pero tampoco comprendo que se siga usando como reclamo publicitario para reivindicar cualquier cosa. Sabemos que donde hay tetas, hay titular (que se lo digan a la Estrada…), no hace falta que se defienda una causa justa para ello.

Enrique_Tierno_Galvan_Susana_Estrada

Empezando por ahí, nunca he entendido la política de Femen. Creo que si lo que se pretende es escandalizar, se podía enseñar el ojete, por ejemplo, que además es asexuado, en principio. Las tetas no son ni provocación, ni novedad: son puro márketing sexista. Usar las armas del enemigo tampoco me parece redentor en ningún sentido. Creo que hay muchas asociaciones que luchan por los derechos de la mujer musulmana y, muy probablemente, de ninguna sepamos el nombre. En este sentido, recomiendo vivamente la lectura de este artículo, http://thefeministwire.com/2013/06/those-poor-muslim-women/,  escrito por un periodista afgano, en el que se trata, de forma clarividente y lúcida, de cómo nuestra visión de esas “pobre mujeres musulmanas” nos impide ver más allá de los símbolos, mientras que hay otras asociaciones, como la Tunisia Democratic Women Association (ATFD), que llevan años, muchos antes de Amina, luchando en la sombra. A los occidentales nos  pirra compadecernos de la desgracia de países que consideramos más degradados en cuanto a derechos que el nuestro. El victimismo y la caridad también son muy mediáticos, y parece que no interesa ver las cosas en su contexto: mejor sacar nuestro doble rasero, el que tenemos para juzgar las desgracias de lo que creemos que es el Tercer Mundo, y sentirnos reconciliados con nuestra democracia de escaparate (bajo la alfombra, en esos momentos, ni miramos, claro) en la que nadie es castigado por enseñar los pechos. En breve se olvidará esta preocupación nuestra con las mujeres musulmanas, igual que se olvida el hambre o la venta de armas en los países africanos, lo mismo que se desvanecen las noticias de las guerras en curso. Qué hipocresía tan atroz nos gobierna en esta era de la información…

foto prospera

Aquí es donde nos encontramos con la pescadilla que se muerde la cola: si no enseñas las tetas, no sales en los medios, de modo que, poniéndonos el reclamo publicitario como sostén y pasándonos el feminismo por el arco de Tito, nos dirigimos a una Embajada a exigir nuestros derechos y posar ante las cámaras. Siento mucho tener que decir que esto me parece pueril y retrógrado: como ya nos demostró Pussy Riot, no hace falta destetarse para salir en todos los medios de comunicación pero, como ellas no lo hicieron, siguen pudriéndose en la cárcel mientras un par de rockeros ilustres de vez en cuando se acuerdan de pedir su excarcelación. No queda bien ponerse como foto de perfil en facebook o twitter a tres tipas con una media en la cabeza, pero la de Amina, en cambio, queda francamente chic. Si además facebook nos prohíbe mostrar estas fotos, ya tenemos motivo para crear una plataforma en Change.org y dedicar nuestros esfuerzos a algo que merezca la pena. Abandonar la plataforma social ni se plantea, claro, pero…¿y las ganas de vivir que dan estas cositas?

La Constantinopla Oriental: Lucknow

La India es un país fascinante pero también bastante desconocido más allá del llamado Triángulo de Oro que ofrecen la mayoría de las agencias de viajes. Aparte de Delhi, Agra y Jaipur o Benarés, ciudades con indiscutible atractivo turístico e histórico, el norte de la India está plagado de lugares interesantes, relativamente inmunes a la masificación de viajeros tan común en Goa o Rishikesh, y con diversos encantos que desvelar a los aguerridos viajeros que osen salirse de la ruta tradicional. En realidad, el riesgo es casi nulo, y, en cambio, el partido que se le puede sacar a estos viajes “por libre”, infinitamente superior. Solo hay que saber renunciar al sentido del tiempo y, un poco, al del espacio, para poder desprenderse de condicionantes y presiones, y ser capaces de viajar al ritmo que imponen las líneas ferroviarias indias.

Estación de Lucknow

Estación de Lucknow

La historia de la India en los últimos siglos, el largo imperio de los mogoles así como el periodo del Raj Británico, se ha centrado en el Norte del país. Lucknow, capital artística y cultural durante los siglos XVIII y XIX, mantiene todavía todos los encantos de su pasada gloria y está muy bien comunicada, tanto por tren como por avión, con Nueva Delhi. Conocida como “La Ciudad de los Nawabs ” o “La Constantinopla Oriental”, Lucknow jugó también un papel importante durante la rebelión que, en 1857, tuvo lugar contra los ingleses. Por otro lado, durante siglos la ciudad gozó de gran reputación por la fama de sus escritores y por el refinamiento de su sociedad. “El mejor hindi se habla en Lucknow”, dirán todavía hoy algunos de sus orgullosos habitantes. Sin embargo, los poetas ya no pasean por los patios de sus palacios, ni los sabios rondan sus jardines. Los monumentos históricos de Lucknow conservan cierto carácter fantasmal, como tantos otros lugares en India, pero sus moradores se cuentan entre los más afables y educados de toda la India.

 

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De Ruskin Bond y las ovejas negras

Portada de Delhi no está lejos, cortesía de Editorial Automática

Portada de Delhi no está lejos, diseñada por Álvaro Pérez d’Ors

Conocí a Ruskin Bond un día de invierno en las estribaciones de los Himalayas. Yo huía de Delhi, decadente emperatriz que me atenazaba, feroz, en sus garras, hacia Mussoorie, pueblecito de montaña plagado de internados ingleses para niños bien, herencia de los tiempos del Raj, y hoteles y restaurantes dedicados al turismo local. En Delhi había oído hablar de Ruskin Bond y, poco después, alguien en cuyo gusto literario confiaba y que por entonces me guiaba a trompicones en mis descubrimientos indios, me regaló sus obras completas. Empecé con Delhi is not far y quedé fascinada por esta historia mínima, muy compleja en su sencillez, cargada de compasión cervantina hacia unos personajes también pequeños, desconocidos quizás para el gran público europeo y característicos, que no prototípicos, del variopinto y caótico mundo que entonces me rodeaba.

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Reflexión asténica

No termina de hacer calor. Me leo todas las secciones internacionales de la prensa para averiguar algo más del atentado que dejó casi una treintena de muertos en Chattisgarh, India, bastión de los rebeldes maoístas que desde hace años tiene en jaque al gobierno central. Esta vez han logrado llamar su atención matando a uno de los líderes del Partido del Congreso (el partido de Sonia y su hijo, Rahul Gandhi, el partido que está ahora en el poder) y provocando, una vez más una crisis que sin embargo apenas tiene repercusión alguna en los medios de comunicación españoles.

Rastreando la sección de internacional en diversos periódicos únicamente encuentro noticias sobre Europa, alguna sobre Siria, bien abajo, para que no nos creamos que se olvidan los medios de esta masacre que seguimos en riguroso directo, eso sí, el milagroso caso de un bebé nacido en mitad de un tornado, y la desgraciada muerte de una tía de Angelina Jolie días después que ésta comunicara su intervención preventiva. Fascinante, ¿verdad? Sólo en El país, y mira que me jode admitirlo con lo mal que me caen estos señores, máxime desde que forzaron a la gran Maruja Torres a marcharse, aparece un titular sobre el asunto: http://bit.ly/18m5JWH. Eso sí, el cuerpo de la noticia es más pequeño que el que hace referencia al rechazo al uso del condón que siente la industria pornográfica californiana. (La sinrazón también lo menciona, lo del atentado, no lo del porno, claro, pero a esos señores no quiero mencionarlos yo).

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Los cuervos

Babar Road, Septiembre, 2007.

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Old Delhi por la tarde

llaman a la oración

y un árbol pelado se recorta

contra un cielo gris de guerra

en retorcidos escorzos minimalistas

y aloja alternativamente

entre sus escuálidas ramas

góticos cuervos de mirada perdida

en el mal infinito.

Su boca abierta me recuerda

mi propio asombro: identifico,

claramente, la soledad y el pozo

de este miedo atávico

que tantos otros desde hace siglos

han sentido correr hacia dentro

al ritmo del eco sordo del muecín.

Cojón de ñu

Cada vez salgo menos. Y cuando lo hago por los que antes era mis barrios de culto, Malasaña, Chueca, vuelvo a casa de tal mala leche que mejor hubiera sido no salir de mi Tetuán de las Victorias. La razón de mi mala baba, que en ocasiones alcanza proporciones colosales, es que cada vez llevo peor la frivolidad. Soy incapaz de observar impertérrita cómo el mercado de San Antón, en Chueca, escupe y engulle a docenas y docenas de personas por sus puertas a todas horas, cualquier día de la semana, para comprar exquisiteces tales como hamburguesa de cojón de ñu o cecina de pellejo de burra vieja, a precios que dan risa y ganas de llorar a la vez.

Se me cae el alma a los pies de pensar que la Galería de Alimentación de mi barrio lleva años sobreviviendo a duras penas. La mitad de los puestos están cerrados a pesar de que los tenderos han hecho verdaderos esfuerzos por ajustar los precios y así poder competir con el Dia de la esquina y el Mercadona de la Plaza de la Remonta; sobres de salchichón y chorizo ibérico a un euro, oiga, a buen precio y sin dar ñu por kobe. La exclusividad no puede ser global, te pongas como te pongas. Pero la estupidez parece ser que sí. Los verdaderos mercados de barrio mueren por inanición mientras que experimentos tales como el Mercado de San Antón o La Cebada suceden en el trono a mis épocas grunges de bares de viejos y locales oscuros de conciertos imposibles. Acabo de pasar la edad de Cristo y la vejez acecha.

El domingo pasado, bajando por la calle Fuencarral observé con absoluto pavor como el único bar que seguía manteniéndose en el tramo desde Tribunal a Bilbao era el Café Comercial. Todos los demás, El Corripio con sus tinajas de vino dulce y de vino seco, con su baño de la trastienda, al que solo se podía acceder cruzando al otro lado de la barra, el guarrísimo Patatús, incluso el relativamente nuevo La Divina, han perecido en los últimos diez años. Sin embargo proliferan restaurantes macrobióticos, locales donde pides la comida como en el Mac Donalds, tras hacer cola y mirar lo que te quieres comer en un luminoso, no en un mostrador, las tiendas vintage donde antes las había de segunda mano, italianos posmodernos, garitos de tapas al peso, tiendas de complementos perrunos diseñados en Escandinavia para un público selecto… No creo que ninguno dure mucho. Quizás el Mac Donalds, por aquello de la necesidad de comerse un hamburguesote mugriento tras la juerguita hipster. Curiosamente, los pocos sitios que en Malasaña han ganado clientes son esos bares de viejo que antes eran mayoría: los señores de El Chamizo se están haciendo de oro (vive dios que se lo merecen: esos torreznos de segunda tapa han salvado inmumerables vidas) y el pobre Casto, de El Palentino, ya no tiene tiempo ni de fumar porque no hace más que poner copas. Solo el éxito de estos señores consigue congraciarme, ligeramente, con el género humano.

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Ya solo queda esperar a que nuestros gobernantes, espoleados por las nuevas generaciones y abrumados por las firmas recogidas en change.org, se den cuenta de que Bravo Murillo es, tal y como comentaba Bimba Bosé, lo más parecido que tenemos en España al Soho neoyorquino (se nota que no se ha paseado mucho por mi querido Guarro y Cutrillo esa señora) y me lo tuneen para sacarle partido. Así, cuando vuelva de mi más que probable próximo exilio y vaya a pedirle mi sobrecito de ibérico a mi carnicero de cabecera,este me ofrecerá paté de hígado de avestruz albina y yo tendré que escapar de nuevo de este maldito país al que, desde hace unos años, prefiero recordar en la distancia. Porque vivir en diferido es muy complicado.

The Holy Cross

Procesión en Santa Cruz

Procesión en Santa Cruz

The house and the body, cold, outside the siesta of La Mancha, the heat and the death of the dogs.  Air is stale.  Blood is still.  Life has stopped.  I relapse, stubborn, twisted and redundant.  I twist souls as if they were springs.  They break, stretch and jump.

Imperial gold over purple of holy passion, fringe, knows it all of death or of those who don’t know, those that couldn’t be, fatum as time goes by….  Behind the white walls, of fear a meter thick, decadent interiors, superimposed decades, generations of pictures that accumulate patina, sadness and distinction, I have seen it, they change from day to night, dolls and Christs with blue eyes, stunning, empty, porcelain bowls surrounded by real eye lashes, dead lashes in the eyes of Mariquita Pérez.

Outside, the shutters drawn, green shutters dulled by the sun, brownish ochre sometimes, that are hung over balconies concealing the interior.  One lonely town, deserted below the sun and a sky open like a well, deserted like the end, neither dead nor alive behind the shutters.

Inside the calm and the shadow, the naphthalene, the black and white photos, the routine of the awnings, of watering and hanging up the clothes, thistles, geraniums, grapevines, tiles and roof tops in the horizon, sparrows and bats, cats on the roof tops. The plum tree and the boredom, the anguish of Bernarda’s daughters, the black dresses, and subsequently grey, stored in closets and chests, the sparrow and bats flying over the roof tops, equilateral triangle of superimposed and broken tiles.  I draw geometric constellation, hippogriff and fig trees while Latin sounds and the church bell moves to and fro against the clapper.

In the house there are dead and a cave, and a kitchen where before there was a laundry, beds where there were torture tables, numbers inscribed over walls that show rural scenes that remind of Novecento, earth ware jars full of phantoms and more dead, oil and wine and dead, breezes in the gallery, perplexed dolls with eye lashes of the dead and little girls underwear, crosses, missals, prints and a picture of Franco.

Souls like springs playing the piano with clumsiness and hopelessness, the lute and catechism, souls like sad springs, punished for jumping, the laughter and the dead, the chambers, the rats, the salamander, the boys and the dead; blood semen sweat and placenta, fluids and breezes of the house.  Inside, after the phantasmagoric shadows are projected by the lights of the cars, behind the stabbings of the shutters, on the other side, the outside, where nothing ever happens because nothing can happen.

Inside the nightmare, the creak of the doors and the heroic fear of children, always in silence, the eyes fixed on the eyes of the crucified baby Jesus, smiling and victorious, the claws of the trees and the wailing of cats that breed on the roof tops, by the shadow of the chimney and the bats that plan prophetic suicides and blind to the fatum of the unborn, as time goes by…

The shop windows, trunks and galleries, braziers and ash, the dead, the moth and mythological spiders of immense robotic legs, the salamander on the wall, the rat in the chamber and the closet, inside and out contaminated, the patina and the sun, symbiosis ars natura stopped by a white wall a meter thick and more over by shutters suspended over cast iron railing, like the rim of the well.

Outside the suicides hang in the sun, from the branch of the evergreen oak, olive or fig tree; inside amongst the sea of wheat it is not easy to find a tree.

Inside, the drawer, in the closet, folded the flag awaits.

(Poem by María López (https://prosperayloselefantes.wordpress.com/2013/01/25/la-santa-cruz/) translated by my good friend Zachary Payne)

Kolkata

Calcuta 2006

La telequinesia motiva

a los objetos pequeños

que vuelan en círculos concéntricos

en torno a ti.

El vuelo ascendente del polvo

y el hedor de la supervivencia,

la mirada alucinada,

la boca abierta de asombro

de varios cuervos apostados

en hilera sobre una verja oxidada,

todo parece confabularse para ser ajeno.

Sin embargo….

floto, vuelo, paso arrastrando los pies

por entre la gente y la mierda,

la mirada perdida,

la mente oníricamente despierta,

melancólica y feliz,

transcurriendo, río,

como el absurdo.

La edad de Cristo

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-“¿Edad?”- me pregunta la enfermera.

-“Veinti…Treinta y tres.”- respondo yo, dubitativa, como siempre que me hacen esa pregunta.

Me quedé estancada en los veintiocho, que es lo primero que se me viene a la mente, y mejor hubiera hecho en plantarme ahí. Desde entonces, sobre todo tras entrar en los treinta, todo el entorno que desde que era una niña me había resultado inmutable, sistemático, eterno, empezó a desvanecerse poco a poco, siguiendo el curso natural de un ciclo vital en el que para mí, la muerte era un hecho casi completamente desdeñable. Más o menos a esa edad, mi amigo Mazius inauguró lo que en los años venideros se convertiría en un rosario de muertes y desapariciones, más o menos trágicas e inesperadas, más o menos asumidas. Pero la de Mazius fue una bomba que me conmocionó profundamente y, en mayor o menor medida, fue causante de mi vuelta a España desde India, donde leí atónita ese puto, jodido mensaje que ni  esperaba ni hubiese querido leer jamás. Estando lejos, en un lugar en el que nadie había conocido a Mazius, a pesar de que dos meses antes me había asegurado que ese año sí, que ese año sí vendría a verme, sentí más que nunca que nos habían engañado, que la vida no valía nada y que ninguno éramos importantes, que si un tipo como mi amigo Mazius, tocapelotas profesional hasta para morirse, que estaba bien, al que le sobraba el pelo, que sólo tenía cinco años más que yo, podía morirse de un día para otro, sin señales, sin avisos, significaba que había sido una estúpida arrogante, implicaba que yo, hasta ese día de mierda, no había entendido lo que conllevaba crecer, crecer de verdad, sin vuelta atrás, como los niños de los cuentos de Ana María Matute: perdiendo esa maldita inocencia a la que la muerte arranca a zarpazos toda esperanza.

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Cuando estábamos en la facultad, hacíamos apuestas sobre quién moriría antes: si Boris Yeltsin, Gorbachov o el Papa Wojtila. Cuando vimos las imágenes de Boris, borracho como solo un presidente ruso puede estarlo, esquivando árboles con un cochecillo del que desbordaban sus rosadas carnes, las opciones parecían inclinarse por Boris pero, en cualquier caso, los dos resultaban eternos y ninguno palmó hasta años después de que termináramos la carrera. Hoy  Mijail Gorbachov parece erigirse en único superviviente, no sólo de este curioso trío, sino de toda una generación de pensadores, políticos e intelectuales que, en los años 80, sobrevolaron mi infancia y adolescencia. Tres personajes tan dispares como la Thatcher, José Luis Sampedro y Sara Montiel, murieron a principio de esta semana. Los adolescentes probablemente no sepan quién era ninguno de los tres. A lo mejor también da exactamente igual que no lo sepan. No lo sé. Y no me importa.

Ahí está la clave, ahí reside la única bondad de envejecer mentalmente: la perspectiva, el estoicismo, el “melasudatodo” que va transformando las situaciones de la vida en momentos repetidos, en réplicas diversas de alegrías y sinsabores a los que vamos enfrentándonos con más calma, aunque no siempre, y más cinismo, si nos dan las entrañas para ello.

Sin embargo hay dos cosas para las que la vejez no me ha preparado todavía: una es cuando uno de esos adolescentes, feliz en su total ignorancia, se acerca sonriente para preguntar: “Señora, ¿me daría un cigarro, por favor?”. La sangre me hierve, el odio me atenaza y lo único que sale de mi boca es un gruñido gutural (“Ngrrrrrrrrrrrroooooooooo”) que pretendo que suene juvenil. Del otro asuntillo prefiero no hablar hoy porque, como ya he dicho, no estoy preparada. Lo quiera o no, todavía creo en el poder performativo del lenguaje, es decir, que soy supersticiosa, así que no voy a matar a nadie más hoy, que bastante hemos tenido esta semana…