La vocacción

No sé por dónde empezar: mil y un temas se agolpan en mi mente disputándose el primer puesto para salir a la luz. Cuando vuelvo de trabajar, en mis largos trayectos en coche, entre lunas tintadas y coches tuneados que me adelantan a 320 km/h (no soy buena: siempre les deseo en voz alta la muerte que tanto andan buscando), procuro olvidarme un rato de cómo conseguir que unos adolescentes totalmente enloquecidos se interesen por la literatura. Suele ser difícil, tardo un par de horas en desconectar de estas personillas que absorben mi tiempo y mis energías mucho más de lo que lo haría cualquier problema, mal de amores o sucedáneo.

Nunca quise ser profesora: yo quería editar libros, escribir, trabajar en un periódico… Ahora entiendo que la vocación es un concepto difuso y sobrevalorado. No sé si nunca lo tuve muy claro; lo que sí que no quería era convertirme en profesora de secundaria. Adolescente desprecio a la autoridad, supongo. Un mal que todavía padezco. Supongo que era consciente del enorme esfuerzo que eso suponía y, sobre todo, temía lo terribles que los adolescentes podíamos llegar a ser. La cuestión es que, hasta que no me fui de lectorado a la India no descubrí realmente que ser profesora, en general, era lo que más me gustaba. Al volver a España me emperré, en cualquier caso, en buscar algo en el sector editorial: ardua y frustrante tarea que me dejó con la autoestima tan baja que peor no me hubiera ido en el Burger King.

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Volví a la enseñanza y finalmente asumí que trabajar con gente (aunque esta se componga de terroristas en potencia, llámalos diamantes en bruto si eres cursi o pedagogo, genios que aún no se han descubierto como tales, y animalillos llenos de fuerza, inteligencia prístina y curiosidad) era mucho más estimulante que enfrentarme a tediosas jornadas en naves industriales de algún polígono, al servicio de caciques vestidos como los hombres de Harrelson y con mucha menos cultura que sus empleados.

Entrar cada día en clase y descubrir cómo mis niños han ido perfeccionando sus antiguas destrezas es algo maravilloso: se interrumpen a voces, se dan collejas por sistema, mandan al carajo al profesor de matemáticas, me desquician cuando pretenden hacer fuego frotando un boli bic mientras yo me desgañito para explicarles los diptongos… Algunos incluso han desarrollado nuevas estrategias cognitivas, tales como emitir jadeos y gemidos tipo peli porno de tercera a la menor ocasión. No se puede decir “pollo”, ni tampoco “salchicha”, ni muchísimo menos “pepino” (las versiones en inglés también están censuradas). La palabra “follaje” provoca estertores y, a veces, cuando entro en clase, descubro a dos adolescentes machos montándose encabritados mientras el resto se tira cosas, bucea entre papeles o descansa repantingado en su silla con un dedo bien sumergido en la nariz. La diversión nunca termina, pero cuando consigues que te presten atención, cuando uno te trae un cuento que ha escrito en casa, el otro te pide que le cuentes de nuevo la historia del “Dorian Gray ese” y el más repantingado de toda la clase recuerda lo que quiere decir “parodia”, la sonrisa que se me dibuja en la jeta es descomunal.

Solo la experiencia puede mostrarte cuál es el camino a seguir: nadie puede aconsejarte ni prevenirte. Muchas veces escogemos, a sabiendas, opciones  incorrectas pero que, vistas con perspectiva, reconocemos como necesarias. De hecho, son estas las decisiones que realmente contribuyen a formar nuestra personalidad y decidir, para bien o para mal, nuestro futuro.

Es difícil, pero es, sin duda, la única tarea que hoy puedo desempeñar sin sentir que se me revuelven las tripas. Es también triste saber que se podía hacer mucho más, que hay un montón de buenos profesores intentando entrar en un sistema que ni les paga como debiera, ni les respeta. Y que tampoco respeta a sus alumnos. Muy triste es también no tener los medios, ni muchas veces el apoyo, para poder llevar a cabo una de las profesiones más importantes para el desarrollo de una sociedad justa, culta y sana.

PD- Hoy hemos repetido cinco veces, en voz alta, la palabra “sinalefa”. Esperemos que mañana lo tengan más asumido…

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La idiosincrasia del filólogo

Soy española. Es una decisión que yo no he tomado pero que forma parte de mi idiosincrasia, de mi esencia identitaria si es que tal cursilada existe. Eso, hace unos años, cuando yo llegué a la India por ejemplo y la crisis era sólo un nubarrón en el horizonte, ser español, era casi siempre un punto a favor (“¿Española? ¡Fiesta, toros, paella, Madrid, El Prado!”). Ahora sin embargo, lo tengo comprobado, en cuanto tu acento delata tu procedencia, la gente da un paso atrás (“Spanish, right?”), desconfiada, como si les fueras a quitar la cartera o a pedir un préstamo. Me da la triste impresión de que volvemos a representar en el imaginario de los tópicos sobre los españolitos el archimanido y gris aguafuerte de lo sombrío, de lo decadente, de lo irremediablemente caduco. Cada uno carga con su dosis de complejos, de etiquetas y de categorías, muchas impuestas y otras elegidas, aderezadas con un número variable de virtudes y defectos que podemos favorecer o disimular. Lo de ser español resulta ahora mismo un punto negro difícil de maquillar por mucho estuco que le pongas…

Ahora bien, ser filóloga, hispánica para más inri, implica tomar una decisión y mantenerla a lo largo de cinco años que en nada van a mejorar el panorama laboral para los humanistas. Estudiar filología hispánica en 1997 ya era un suicidio laboral pero, sin embargo, creo que nunca me planteé en serio matricularme en ninguna otra carrera: siempre me ha costado infinito comprender las cosas que no me interesan. Mi cuerpo y mi mente reniegan del garrafón y del pragmatismo sin cortapisas. No me importa nada pertenecer a una especie en extinción: creo firmemente que, como buenos raros, somos, y cada vez más urgentemente, necesarios para una sociedad  famélica de educación y de cultura, de fe más allá de San Google y el nuevo Pope, de fe en un futuro al que algunos no pensamos renunciar por muy cuesta arriba que se nos ponga.

No me arrepiento de nada, rien de rien. Es más, llevo un par de años estudiando el Grado en Estudios Ingleses por la UNED para completar una formación que, lejos de parecerme inútil, me produce enormes satisfacciones aunque, a la vez, también suscita miradas de perplejidad y preguntas diversas, de índole práctica en la mayoría de los casos, en conocidos y familiares. En otros países,  me refiero por ejemplo al mundo anglosajón, el haber estudiado Literatura, Historia, Arte, no supone un menoscabo en la consideración social o laboral de los licenciados. A menudo éstos pueden acceder a diversos ámbitos laborales,  no siempre directamente relacionados con sus áreas de estudio: sus posibilidades, lejos de limitarse a la docencia o a la investigación, pueden abarcar diversas áreas ya que muchas empresas, públicas y privadas, consideran que la formación en Humanidades enriquece el perfil del candidato. En España, sin embargo, lo de estudiar nunca ha estado bien visto. En el colegio, en las clases de inglés, en cuanto alguien pronunciaba “How do you do?” de una manera afín a las normas de la fonética inglesa, firmaba su sentencia de pringadez de por vida. La mediocridad del “Jauduyuduuuú?” se imponía por goleada, y no porque no supiésemos pronunciarlo bien, sino porque existe en nuestro país una tendencia a mantener la mediocridad a toda costa, una especie de miedo irracional a la cultura, a las citas literarias, a la corrección lingüística, que muchas veces se toma por excentricidad, locura o vana estupidez. Ese miedo a los libros, representado magistralmente en la quema de la biblioteca de Alonso Quijano, ha quedado de alguna manera impregnado en el subconsciente colectivo. Y en los chistes de Forges… Que Jehová le otorgue larga vida y lo bendiga eternamente por llevar tantos años mostrándonos a diario nuestra vil y alegre idiosincrasia. Con ternura. Sin piedad.

Forges Presidente

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